



Por si no lo sabían, el infierno de la inmovilidad traducida en monumentales trancones viales en Pereira y Dosquebradas, es un problema típico de voluntad política, como lo veremos al final de esta historia.
En el meollo del infernal problema de Megabús están: el servicio de transporte urbano al usuario, la sostenibilidad financiera del sistema vía tarifa, y las decisiones políticas y administrativas que lo hagan viable, antes de que lo lleven al infierno de la inviabilidad.
En la crisis de Megabús, pasar agachados, hablar en voz baja o mirando para el otro lado, es más cómodo para ciertas personas, gremios empresariales y políticos. Hasta ahora no lo he dicho, pero de verdad que me gusta la audacia del alcalde de Pereira, Carlos Maya, quien, ante la indiferencia y ajenidad de algunos sectores, se atrevió a anunciar que con recursos de deuda pública quiere comprar una flota de buses eléctricos. Principio tienen las cosas y el debate apenas comienza.
Hablando del infierno (como sinónimo de problemas), no sé si el alcalde Maya sabía que el filósofo existencialista Jean Paul Sartre había sentenciado que, “El infierno son los otros”.
En este caso, “los otros”, son los usuarios que poco o nada saben del infierno financiero que vive Megabús pero que necesitan del servicio para llegar pronto a su destino con un solo pasaje, ir más rápido y a diferencia de los particulares, gambeteando los insufribles trancones.
El otro infierno es la tarifa que después de 15 años de servicio debería ser el doble del valor actual pero que, como hemos dicho, por decisiones políticas razonables o no, tiene un freno de mano que, al soltarlo, sin un subsidio sostenible, muestra el gran bache con la tarifa técnica pactada en los contratos con las empresas operadoras.
Un punto clave que los empresarios del transporte urbano reclaman es el fortalecimiento del Fondo de estabilización y subvención para cubrir el déficit entre la tarifa técnica y la tarifa vigente al usuario. Hay que reconocer que ese fondo fue creado por el alcalde Maya, pero los demás accionistas lo han dejado solo.
De paso, es bueno decir que no todas las empresas de transporte público forman parte de las dos empresas operadoras. Los empresarios del transporte urbano colectivo me dicen que son siete y que también están afectados. Piden que la Administración cuente con ellos, que se les reconozca su aporte al servicio durante años, incluso a pérdida, como cuando fueron obligados a sacar los buses en plena pandemia.
El infierno suelta sus llamaradas más ardientes cuando los accionistas (Pereira, Dosquebradas y La Virginia) no capitalizan la empresa (Bogotá lo hace vía presupuesto con dos billones de pesos al año).
Y el infierno se vuelve insoportable cuando llegan las demandas de los operadores, que, claro, es impagable con el recaudo de los pasajes, siendo necesario explicar que esos $2.350 pesitos se deben repartir entre cuatro: el operador, el recaudador, la fiduciaria y el ente gestor Megabús, que entre otras cosas, el funcionamiento y la burocracia de éste último vale $600 millones semanales que se pagan con la cuota parte de la tarifa. Ni siquiera en pandemia cesó ese gasto.
Hay mucho más para contar, pero en todo caso, la movilidad vial de Pereira y Dosquebradas está reventada, razón por la que, como anoté al principio, no se entiende por qué cuando el presidente del Concejo de Pereira, Carlos Hernán Muñoz Chávez en sesión de la Asamblea Departamental la semana pasada propuso que el Departamento asuma el costo de la tercera fase del proyecto de Megacable entre Dosquebradas y Pereira, ningún diputado levantó la mano. Mutis por el foro.
Puede ser que los diputados estén reflexionando y masticando la idea de Muñoz Chávez, pero lo evidente es que, a la vista, no tendremos otro César Gaviria en la Presidencia de la República para que nos haga otro viaducto, que como sabemos, en 1997, cuando se inauguró el 19 de noviembre de ese año, costó 50 millones de dólares. Ojalá el nuevo presidente de la Asamblea, Carlos Andrés Gil, rescate la propuesta de Muñoz y logre que la Gobernación se meta la mano al dril.
Después de 25 años, el viaducto nos quedó chiquito y la inmovilidad demasiado grande generando una crisis en la que es necesario que nos pellizquemos y donde pongamos, como en el juego de la pirinola, que también tiene un lado donde solo pone uno, pero que, para salir de este infernal trancón, se requiere el lado de, todos ponen.

