EL EXPRESIDENTE DE EE.UU. DONALD JHON TRUMP MAPLES FRENTE A LA DEMOCRACIA.

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El caso ya ha hecho historia: es el primer mandatario estadounidense en enfrentarse a dos impeachments y lo acaban de procesar por siete delitos federales. Lo nunca imaginado en un país donde se ha reverenciado a los expresidentes.

hace 16 horasshare

Si hay algo fundamental en democracia es que las leyes importan y deben ser aplicadas por igual a todo el mundo. Esto, y sólo esto, es lo que debería primar al momento de analizar las últimas comparecencias de Donald Trump frente a la justicia. Todo el espectáculo que hemos presenciado es vergonzoso, pero refleja lo que es la democracia en acción. Mientras el expresidente sigue intentando mostrarse como víctima de un sistema politizado y trata de demostrar que ser popular significa estar por encima de la ley, la justicia estadounidense no ceja en su empeño de castigar a quien sea el responsable de actos ilícitos sin importar su estatus.

En el caso de Trump, las acusaciones no hacen más que aumentar. Durante el más reciente episodio de esta historia de poder, se le han acumulado 37 cargos por esconder documentos de la Casa Blanca en su residencia de Mar-a-Lago tras dejar la presidencia y luego negarse a devolverlos. Esto se suma a las acusaciones relacionadas con el pago para silenciar a una estrella porno, la injerencia en la elección de Georgia con el fin de cambiar los resultados a su favor y su papel permisivo en el asalto al Capitolio.

El caso ya ha hecho historia: es el primer mandatario estadounidense en enfrentarse a dos impeachments y lo acaban de procesar por siete delitos federales. Lo nunca imaginado en un país donde se ha reverenciado a los expresidentes y en donde las palabras Ley y Orden han sido protegidas por todas sus instituciones. Los cargos conllevan años de cárcel y tienen que ver con obstrucción a la justicia, retención de documentos de seguridad nacional y violaciones de la ley de espionaje, entre otros. Pero el camino de la justicia puede ser largo y estar lleno de obstáculos. Nadie puede saber realmente si lo van a hacer responsable de los delitos o si él, como siempre, va a encontrar la forma de escurrir el bulto y convertir en triunfo lo que para cualquiera sería el fin de una carrera en el sector público.

Trump ha escogido como defensa el inventar argumentos contra sus enemigos, lanzar a sus seguidores a las afueras de la audiencia para presionar a los jueces, hacer pucheros frente a los medios e insistir en que se trata de una cacería de brujas. Y aunque estas estratagemas no le funcionen frente a las cortes, de cara a sus más fervientes partidarios está siendo todo un éxito. Es como si la gravedad de esta historia no fuera visible para sus seguidores.

Según los últimos sondeos, el expresidente ha subido seis puntos en su popularidad desde que fue procesado por primera vez en abril. Sus bases lo apoyan ampliamente, y mientras esto ocurra, su partido, el Republicano, seguirá defendiéndolo. No es si no mirar a los otros candidatos republicanos para darse cuenta de los delicados malabares que hacen para no apoyar, pero tampoco criticar de frente la actuación de Trump. Todos temen perder los votos de las masas radicales, de manera que ninguno quiere comprometerse por ahora. Prefieren esperar en la sombra a ver qué tanto logra avanzar la justicia en la demostración de lo evidente.

La pregunta obvia es ¿dónde está la corresponsabilidad de su partido? Parece que con tal de recuperar el poder, los republicanos prefieren mirar hacia otro lado. Durante los años de su presidencia Trump se comportó como un líder sin contrapesos y carente de respeto por los principios de las democracias liberales basados en el Estado de derecho. Y ahora sigue en las mismas. Lo impactante no es el comportamiento de Trump, porque es y ha sido siempre el mismo, sino la renuencia dentro de su partido a controlarlo.

De la misma escuela que el recientemente fallecido Silvio Berlusconi, Trump ha hecho ataques retóricos feroces contra la prensa, el Estado de derecho y otros pilares de la democracia. Esa estirpe populista que no tiene ningún escrúpulo en atacar las instituciones, en desacreditarlas, sin importarles el daño que pueden hacer en la confianza y en la arquitectura de una sociedad. Varios analistas políticos coinciden en afirmar que durante sus años en la presidencia encarnó un fuerte autoritarismo que llegaba a tener connotaciones preocupantes.

Sus intentos por marginar a los medios tradicionales para promover su línea de gobierno y silenciar a los críticos, consiguiendo así esculpir su propia narrativa, son sólo una muestra. El rodearse de gente que todo se lo aplaudía, de familiares que no estaban preparados para determinados cargos, o su desprecio por los expertos y la ciencia terminan por corroborar ese perfil autoritario.

Joe Biden dijo hace poco en un discurso en Filadelfia: Estados Unidos se encuentra en una “batalla por el alma de la nación” entre la democracia y el autoritarismo. Y tal vez ese es el fondo de este caso con Donald Trump. El mensaje de impunidad que se ha encargado de enviar durante décadas y su falta de escrúpulos son el verdadero enemigo de todas esas instituciones con las que Estados Unidos ha podido dar ejemplo ante el mundo al hablar de libertad, igualdad y respeto a los derechos humanos. Lo que viene es un camino incierto, sin precedentes constitucionales y con consecuencias que aún no se pueden medir.

William Barr, exfiscal general y uno de los más fieles aliados de Trump lo resumió así: si sólo la mitad de lo que se le acusa es cierto, el hombre está tostado.