

La soledad, a menudo silenciosa, habita en corazones que permanecen invisibles entre la multitud.
Hay personas que no piden ayuda, pero esperan un gesto, una mirada, una palabra que les diga: «Tú importas».
Acercarse a quienes viven en soledad es un profundo acto de amor.
Este encuentro comienza con la sensibilidad para percibir al otro y abrir un espacio de acogida.
Cuando nos acercarnos a quien está solo, descubrimos que la verdadera comunión nace del encuentro, y que nadie debería cargar solo con el peso de sus angustias.
Que hoy podamos tener ojos atentos y corazón disponible para ir al encuentro de quien vive en soledad, convirtiéndonos en faros de luz donde hay silencio y ausencia.




