

La reciente acción militar de Estados Unidos en Venezuela, que culminó con la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores, refleja la visión geopolítica del presidente Donald Trump: un mundo dividido en tres bloques de influencia, uno para Washington, otro para China y otro para Rusia. Según el exdiplomático Ricardo Zúñiga, esta estrategia recuerda a la lógica de los imperios del siglo XIX, cuando las potencias se repartían territorios y recursos bajo un esquema de control continental.
Trump considera que aquella época fue la “edad dorada” de Estados Unidos, y busca replicar ese modelo en pleno siglo XXI. La intervención en Venezuela es vista como un ensayo de esa política, con la intención de consolidar la influencia estadounidense en América Latina y limitar el avance de China y Rusia en la región. La pregunta que surge es si esta estrategia se extenderá a otros países, como Brasil y Colombia, donde ya se especula sobre intentos de injerencia en procesos electorales.
El impacto internacional es inmediato: mientras algunos gobiernos latinoamericanos condenan el uso de la fuerza extranjera, otros guardan silencio ante la posibilidad de que Washington refuerce su papel como garante de seguridad regional. En Brasil, el presidente Lula criticó abiertamente el ataque, lo que podría tensar aún más las relaciones bilaterales con Estados Unidos.
China, por su parte, observa la coyuntura como una oportunidad para ampliar su influencia económica en Sudamérica, aprovechando el rechazo que genera la intervención militar estadounidense. Rusia también mantiene un rol activo, buscando consolidar alianzas estratégicas en energía y defensa. El equilibrio global se redefine en un escenario de competencia abierta entre tres potencias.
Analistas advierten que si la intervención en Venezuela fracasa, Trump podría enfrentar un debilitamiento de su estrategia global. Sin embargo, si logra consolidar su visión de un mundo tripartito, el orden internacional podría transformarse radicalmente, dejando atrás la era de cooperación multilateral y dando paso a una nueva etapa de rivalidad entre bloques.
English version
Trump aims to divide the world into three spheres of power
The recent U.S. military action in Venezuela, which led to the capture of Nicolás Maduro and Cilia Flores, reflects President Donald Trump’s geopolitical vision: a world split into three spheres of influence—one for Washington, one for China, and one for Russia. According to former diplomat Ricardo Zúñiga, this strategy resembles the logic of 19th‑century empires, when powers divided territories and resources under continental control.
Trump believes that era was America’s “golden age” and seeks to replicate it in the 21st century. The intervention in Venezuela is seen as a test of this policy, aiming to consolidate U.S. influence in Latin America while curbing China and Russia’s advance in the region. Speculation already arises about possible interference in elections in Brazil and Colombia, following earlier attempts in Honduras.
The international impact is immediate: while some Latin American governments condemn foreign military intervention, others remain silent as Washington positions itself as a regional security guarantor. In Brazil, President Lula openly criticized the attack, raising the prospect of renewed tensions with the United States.
China views the situation as an opportunity to expand its economic influence in South America, capitalizing on the backlash against U.S. military action. Russia also plays an active role, seeking to strengthen strategic alliances in energy and defense. The global balance of power is being reshaped into open competition among three major players.
Analysts warn that if the Venezuelan intervention fails, Trump’s global strategy could weaken. Yet if he succeeds in consolidating a tripartite world order, international relations may undergo a radical transformation, moving away from multilateral cooperation toward a new era of rivalry between blocs.


