El cristianismo, aquí y ahora

*Una Semana Santa genuina
*El mundo necesita esperanza
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vIERNES, 18 de Abril de 2025.-
Este jueves y viernes santos son los días cruciales y previos al magno acontecimiento del cristianismo: la resurrección de Jesucristo (el próximo domingo). Es, por tanto, el periodo que define el sendero místico de quienes creen en la trascendencia del ser humano, tanto en virtud de la imagen y semejanza a Dios como en los alcances espirituales de su hechura material. Desde esta óptica, no es la Semana Santa simplemente un periodo de vacaciones, como algunos podrían interpretarlo y practicarlo excluyentemente, sino también el momento de tonificar el alma en su peregrinaje en la Tierra.
En tal sentido, muchos son los valores que se manifiestan y florecen como esenciales de la doctrina cristiana por estas calendas. Comenzando, ciertamente, por enfatizar la esperanza, fundamento y motor de la vida en el cristianismo. Y, a su vez, condición existencial que no obedece a un término vacuo, solitario, inconexo, sino que, por el contrario, está indisolublemente ligado a las posibilidades y oportunidades de renovación personal y a la fraternidad como aliciente del transcurrir en comunidad (los dos elementos centrales de la Última Cena que hoy se celebra).
Podríamos agregar, en primer lugar y a diferencia de otras religiones, que el cristianismo (y por descontado su gran vertiente católica y apostólica) se soporta primordialmente en lo que algunos podrían llamar: optimismo. O mejor y tal vez más acertado, una tendencia, acaso denigrada por los descreídos, de buscar naturalmente el lado bueno de las cosas. De eso se trata la esperanza en su conjunto. Incluso al respecto se podría añadir que algún filósofo de la Ilustración sostenía que el ser humano nace bueno y el mundo lo corrompe. Aun así, y no por una sobrevaloración de la humanidad, el misterio de la vida y su resultado general suelen ser favorables, que a la larga es la pretensión cristiana. Porque si bien se habla en el cristianismo del mundo como “valle de lágrimas” es, precisamente, la esperanza, que siempre invoca, la que lo enfrenta, transforma y domina.
Tampoco estaría por demás añadir que, en los hechos ocurridos en torno de la Última Cena, Jesucristo emitió el nuevo mandamiento: “Ámense los unos a los otros como yo os he amado”. Esto en consonancia con el precepto de amar al prójimo como a ti mismo, al igual que a Dios sobre todas las cosas o, en dirección similar, a padre y madre. Lo que, por su parte, enfatiza que el cristianismo no es para nada una filosofía, como en últimas puede ocurrir con otras religiones, sino una plataforma, por decirlo así, cuyo objetivo es seguir las enseñanzas de Cristo y hacer de ellas una réplica vivencial. Seguramente lo hemos dicho en alguna otra ocasión, pero vale reiterar que, en esa vía, el cristianismo es la única religión universal que se fundamenta en un sentimiento tan especial como el amor. Y en ello estriba su dinámica, su dilatada permanencia y su vocación de futuro. Es de allí, asimismo, de donde por tanto tiempo, con sus agitaciones y desencuentros, ha nacido y renacido la esperanza.
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En la actualidad, no pocas incertidumbres azogan al ser humano. Tal vez como nunca. En efecto, bastaría con ver, por ejemplo, la gran inquietud universal que viene causando el reciente desarrollo de la Inteligencia Artificial, hasta el punto de que la pregunta irresoluta es si ésta llegará a suplantar a la inteligencia humana y todavía más, en cuánto tiempo, o si más bien será un avanzado instrumento en procura de alcanzar fronteras humanas fructíferas y desconocidas. Y así con tantos elementos tecnológicos que van configurando un planeta inmerso en la data, los algoritmos, la transición energética, la inquietante relación con la naturaleza y, más allá, todo lo que pueda deparar el progreso y concreción de la física cuántica. Lo anterior, por su parte, en un mundo cada vez más convulso, con la guerra servida al mejor postor de la amenaza, la barbarie y el terrorismo.
De suyo, hace muy poco los estragos del coronavirus pusieron de presente la fragilidad humana. Hoy, sin embargo, parecería cosa de otros tiempos, una vez la ciencia logró poner en cintura la nueva peste. Aun de este modo, se inició, desde la irrupción del agente patógeno, un periodo signado por la melancolía, cuyas secuelas todavía prevalecen.
Son, pues, momentos en que se necesita de la esperanza, de la renovación personal, de la fraternidad comunitaria, en síntesis, del amor, no como fenómeno pasajero, egotista o exclusivamente romántico, sino de pilar humano, tal cual es la prédica cristiana




