En contraste con el tono beligerante y agresivo que venía mostrando en las últimas semanas, vimos a un presidente más razonable y moderado.


En el marco de una escasa manifestación de apoyo que en ese momento se reunía en la Plaza de Bolívar de Bogotá (tan pequeña que pasó inadvertida), el presidente Gustavo Petro hizo por primera vez el camino desde la Casa de Nariño hasta el Capitolio Nacional que cada 20 de julio hace el jefe de Estado de turno para participar en la instalación de una nueva legislatura del Congreso. Y ese marco al que nos referimos, en el que unos pocos dirigentes sindicales coincidieron con unos pintorescos defensores de David Murcia Guzmán, el estafador de la pirámide DMG, es testimonio de que el llamado del presidente a que los colombianos salgan a la calle a defender sus reformas cada vez encuentra menos eco entre la gente.
En contraste con el tono beligerante y agresivo que venía mostrando en las últimas semanas, vimos a un presidente más razonable y moderado, que mediante el tono, la simbología y las palabras trató de bajarle temperatura al grado de confrontación que él mismo venía ofreciendo. Es una actitud bienvenida, la cual, de ser auténtica y mantenerse, seguramente permitiría avanzar y superar la lamentable situación que vivimos en el primer semestre del año.
Recordemos que, de febrero a junio, la actitud del gobierno fue de absoluta intransigencia, y su mensaje consistente fue que las reformas se hacían a su imagen y semejanza o no se hacían. Esa actitud obstinada encontró obstáculos en la institucionalidad, y el resultado es que una de las tres reformas, la laboral, se hundió y las dos que no se hundieron, la pensional y la de salud, apenas lograron pasar el primer debate en comisión.
Nos permitimos por ahora mantener algunas dudas. Ya hubo antes ocasiones en las que, de parte del gobierno, oímos decir que estaban abiertos a observaciones y modificaciones en sus reformas, e incluso convocaron a los partidos a hacer propuestas, y luego, para sorpresa de todos, radicaban textos en los que no solo omitían toda sugerencia y observación sino que mantenían y hasta radicalizaron sus posiciones.
Recordamos, también, que en el pasado hubo ocasiones en las que, tal vez por conveniencia política y electoral, el presidente Petro moderó su discurso y sus maneras, para luego radicalizarse en una feroz narrativa en la cual disparaba todo tipo de agravios e improperios contra quienes no comparten sus reformas, llegando a calificarlos de arribistas y esclavistas.
De modo que bienvenido el tono moderado, pero esperaremos a ver su concreción en hechos. Y si se concreta, estamos seguros de que será debidamente correspondido por los sectores políticos, empresariales y ciudadanos: estos sectores han querido siempre dialogar con el gobierno, pero fue el presidente quien decidió tildarlos de esclavistas.
Hizo el presidente Petro un llamado a un acuerdo nacional. Bienvenido el llamado, siempre y cuando no sea un pacto de adhesión. Siempre y cuando el propio presidente esté dispuesto a ceder, y no pretenda que el acuerdo consista en que todos los demás se plieguen a sus intenciones. Eso no tendría sentido: en un acuerdo les corresponde a todas las partes escuchar y ceder. El presidente hizo un llamado a los demás sectores a ceder: es un llamado que será escuchado solo en la medida en que esos sectores vean que el gobierno está dispuesto a hacer lo mismo.
Estuvo el discurso del mandatario adornado con datos, cifras y referencias que requerirían un detallado proceso de verificación, pues algunos de ellos eran claramente exagerados. Habló, por ejemplo, de estar liderando una transición energética, pero las cifras indican que esa transición ha retrocedido. Quiso dibujar un país en una cierta paz, utilizando frases como: “La guerra entre la insurgencia y el estado ha llegado a su fin”, pero la realidad es que ya van 55 masacres este año. Afirmó que han disminuido los cultivos de hoja de coca, pero no hay tal. Habló de que se propone que lleguen al país 7 millones de turistas cada año, lo cual, de paso, significa una dramática reducción de su meta cuando comenzó el gobierno que era de 12 millones. Petro siendo Petro.
A propósito de esa afirmación de que ya no hay una guerra contrainsurgente: ello equivale a reconocer, o que el Eln ya no es una guerrilla política sino una organización dedicada a los negocios ilegales, o que el presidente Petro, como jefe de Estado, decidió acabar esa guerra unilateralmente.
La jornada terminó con un recordatorio de que este es un país de instituciones, y que el presidente, por más que lo quisiera, no las tiene en el bolsillo: fracasó el gobierno en su propósito de hacer elegir un Presidente del Senado afín a su proyecto. ¿Qué se puede leer allí? Que aunque el gobierno no tiene las puertas cerradas, tampoco la va a tener fácil. Va a tener que trabajar, va a tener que convencer. Y ojalá elijan hacerlo con argumentos y con razones, no como ha venido haciendo el ministro Luis Fernando Velasco y como trató de hacer su antecesor Alfonso Prada, a saber, ganarse uno a uno a los parlamentarios mediante la promesa de ventajas individuales, es decir, el clientelismo de siempre, practicado ahora por el gobierno del “cambio”.


