Luis García Quiroga
Columnista
Lo que está ocurriendo en la cárcel y en las estaciones de policía de Pereira, es el fiel reflejo del colapso de la política criminal del país.
No hay noticiero de televisión ni de radio que haya dejado de mostrar y de reportar el horroroso e inhumano hacinamiento de las cárceles y otros centros no habilitados como tales, y que colapsaron como sitios de detención transitoria y pasaron a ser prisiones dantescas.
La semana que acaba de pasar registró la visita de delegados de la Procuraduría General de la Nación (organismo que se supone es la conciencia moral del país), y de la Defensoría del Pueblo (que se supone no debería llegar tan tarde a visualizar un problema que como en el reciente caso de Tuluá, dejó víctimas por doquier).
No se conoce aún el informe oficial de esa visita, pero es obvio que como siempre, no pasará nada, excepto que los citados funcionarios vinieron, vieron, se fueron y viaticaron.
Igual que cuando hace una larga década, salió a los medios el entonces ministro del Interior Fabio Valencia Cossio a cacarear que, “Para solucionar la grave crisis carcelaria, iniciaba la construcción de grandes centros carcelarios”. El mismo que cuando fue presidente del Congreso dijo al posesionarse que “Los políticos cambian, o nos cambian”.
Son solo frases efectistas porque en nuestro caso de Pereira, la construcción de la nueva cárcel de El Pílamo en Combia, está compitiendo en lentitud con la avenida de Las Tortugas. A veces olvido que la llaman también Avenida Los Colibríes.
La crisis carcelaria y la bomba social que ha disparado el gigantismo delincuencial, ya no es noticia. Ni siquiera es paisaje, porque si con el fenómeno climático algo cambia de verdad y a cada instante, es el paisaje.
Es válido decir que con las cárceles ocurre igual que con los trancones viales que con el crecimiento urbano y las debilidades y limitaciones del transporte público, la construcción de más vías puede aliviar transitoriamente el flujo del tránsito automotor, pero será insuficiente en las horas de mayor tráfico.
Yo lo llamo “El síndrome de Los Ángeles”, una urbe en EE.UU, que como las grandes ciudades colombianas, se ha extendido hasta absorber todas las localidades de su entorno al punto de que además de la enorme nube de smog, las grandes avenidas han debido ser reglamentadas para su uso de acuerdo con el número de pasajeros que lleve a bordo. O con la capacidad de pago del conductor, en cuyo caso tiene un carril rápido con pago electrónico con cargo a la tarjeta de crédito.
En las cárceles sucede algo similar. Si tienes nombre y mucho dinero lo más probable es que te den arresto domiciliario o te manden a una celda VIP (cada vez más escasas porque los delitos de cuello blanco y casos de corrupción, como la parroquia de mi
barrio, no tienen cura). Pero si careces de nombre y billete, caerás a una celda con cupo para diez, pero en la indeseable compañía de otros veinte. Eso es lo que hay cuando escuchamos el reporte de hacinamientos del 147 por ciento.
El coronel Javier Raúl Gallego, comandante de la Policía Metropolitana de Pereira lo dice mejor cuando nos cuenta que de su pie de fuerza, debe destinar más de 70 policías para cuidar detenidos “transitorios” que en las estaciones de policía llevan más
de un año privados de la libertad.



