



“Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida/ y entonces comprende, cómo están de ausentes las cosas queridas”, dice la bella canción-poema de los argentinos Isella y Tejada, cantada por Chavela Vargas y Mercedes Sosa, entre otros.
Varias veces he escuchado que los candidatos a alcaldías y gobernaciones, antes de aspirar a tan importantes y trascendentales cargos, deberían acreditar en sus hojas de vida qué ciudades del mundo conocen en sentido amplio. No en plan turismo. A veces pienso que basta un recorrido por ciudades de nuestro propio país. Recorrer sus recodos, sus sitios bellos y los malucos. Tomarles el pulso hablando con sus ciudadanos.
Después de un viaje a Nápoles, Italia, un exalcalde dijo sorprendido que le asustó el desorden. Años antes, llegando a Roma en un tour el guía nos advirtió que, si queríamos ir a conocer las ruinas que dejó el Vesubio, debíamos tener cuidado porque en Nápoles la inseguridad es rutina. Cada vez la diferencia es menor en estas ciudades nuestras en las que la policía hace su mejor esfuerzo, pero la brecha social y las condiciones para crear empresa son cada vez peores.
No obstante, y lo hemos dicho en numerosas ocasiones, desde hace muchos años, Pereira a nivel nacional marca una gran diferencia en calidad de vida comparativamente con ciudades en donde es asfixiante la cotidianidad. Pero según los indicadores, hemos decaído en varios frentes.
Después de tres años sin vacaciones, decidí por una pausa que probara mi resistencia física, paciencia y capacidad de pensar y repensar. Partí de Pereira a mediados de diciembre en maratónico viaje hacia la costa vía Medellín-Caucasia- Coveñas-Cartagena-Barranquilla-Santa Marta-Riohacha-Maicao-Valledupar, luego tomé la vía del botín de Odebrech y sus secuaces o Ruta del Sol 2 (San Alberto, Cesar-La Dorada y por allí a Ibagué-Armenia y de nuevo, a la vista el paraíso pereirano).
Me encanta conducir en viajes largos y sobrios. Me permiten cierta asepsia contra las malas energías, las fatigas del alma y las inevitables decepciones. La brisa del mar, la playa, la carretera, los nuevos paisajes y el enfoque al conducir ayudan a pasar la página de las dudas, los temores y de paso, uno se reinventa.
Y regreso a Pereira con su olor a fragancia de paraíso verde y luminoso que me recuerda al pereirano nacido en Manizales, Gabriel Germán Londoño, quien dijo: “Pereira es una hermosa explosión cósmica de verdes diversos, agua y luz». Eso es un paraíso.
Por asombros como ese, con todo lo que en el sentido y alcance amplios que significa el concepto de ciudadanía, es que los pereiranos deberíamos tener la firme convicción de que nuestra ciudad merece mucho más de lo que como ciudadanos le damos.
La campaña política que se nos vino encima para elegir alcalde o alcaldesa, debería ser un motivo para, sin desconocer los avances y logros alcanzados, revisar los aspectos clave en los que estamos perdiendo competitividad, movilidad, sostenibilidad ambiental y calidad de vida en todos los sentidos, incluso en cultura ciudadana, civismo y sentido de pertenencia.
Del mismo modo, sin ignorar la miseria de carne y hueso en ciertas zonas de Pereira, se debería replantear la participación metropolitana en proyectos conjuntos y de largo alcance, pues está lejos la solución a la crisis de movilidad entre Pereira y Dosquebradas donde urge la construcción de un Megacable que alivie la insoportable e insufrible congestión vial.
Después de esta pausa de fin y principio de año, con renovada energía y los mejores propósitos para contribuir con el mejoramiento de los viejos sitios donde se ama la vida, volvemos a la lucha periodística, porque en el periodismo como en la vida, el espíritu para persistir, resistir y no desistir, es clave. Ya lo había dicho el gran Churchill: “Lo que cuenta es el valor para continuar”.




