

Por: Gabriel Alberto Toro Peláez
La historia demuestra que: “el comunismo siembra ilusiones, sueños y esperanzas, pero cosecha: violencia, frustración y miseria” Rafael Rodríguez, profesor universitario.
El comunismo no respeta fronteras, ni el concepto de Patria. Anteponiendo sus ideales a cualquier límite, no reconoce autoridad, ni derecho que se le oponga; abomina la religión, pastores, obispos, curas, la familia y toda clase de autoridad, por considerarlos talanqueras para franquear, aprovechando la ingenuidad de algunos, que envuelve en sus concepciones de democracia, igualdad y libertad, utilizándolas hipócritamente, mientras, imponen su tiranía, apropiándose del poder, sin límite de tiempo.
La igualdad la consiguen empobreciendo al pueblo y confiscando todo a favor del Estado, eliminando la propiedad privada, tomando en favor de quienes detentan el poder, aquello que su ambición personal les permita. En consecuencia, nadie puede tener nada, porque el único propietario será El Estado, en manos de dirigentes inescrupulosos, que no tienen freno alguno.
A los niños y jóvenes, les envenenan el cerebro, enseñándoles a adorar al Estado despótico, hipotecando sus pensamientos y propósitos futuros, que entregan por entero al gobierno, idealizando a sus dirigentes, que de esta manera se eternizan, con su tiranía, que ellos dicen prolongar en favor del pueblo, castrando así sus ideales.
El auge de las comunicaciones ha desnudado la historia, para dejarnos ver la caída del régimen socialista ruso, cuando bajo la dirección de Mijail Gorbachov, impuso políticas de glásnost (apertura) y perestroika (restauración de la economía).
Estamos percibiendo la apertura, comercialización y liberación de la economía china y su prosperidad sorprendente.
La caída del muro de Berlín (09/11/1989) provocó el derrumbe comunista en Checoslovaquia, con el tirano Ceausescu fusilado, y la liberación subsiguiente de Hungría, Polonia, Yugoslavia y Bulgaria. Con su epílogo de ruina, miseria, desolación.
En Cuba, su pueblo quiere hoy superar la pobreza, el hambre y la prostitución sufrida durante 62 años, de oprobiosa revolución socialista en “la prisión más grande del mundo” gritando libertad, democracia y vida.
Así, no entendemos cómo, un pequeño grupo revoltoso nos empuja al infierno comunista, contando con un gobierno indolente, que permite desmanes, abusos, incluso la instalación de campamentos de entrenamiento para atacar la fuerza pública y destruir bienes, sin que se imponga la ley, para defender los derechos de la mayoría del pueblo colombiano.


