

Foto: Joel González – Presidencia


Por Augusto Cubides / Puerto Príncipe
Bogotá, 25 de julio de 2025
Las bandas criminales de Puerto Príncipe, capital de Haití, controlan el 80 por ciento del territorio. La mayoría, por no decir todas, manejan el tráfico de droga, que hace tránsito por Haití hacia Estados Unidos y Europa. Otras no menos importantes, trafican con órganos humanos.
Alias Mikano dirige una de las más sanguinarias. Tan sanguinaria que en diciembre de 2024 ordenó asesinar a 110 ancianos por considerar que tuvieron que ver con el extraño fallecimiento de un hijo suyo.
Mikano solo necesitó que un sacerdote vudú culpara de esa calamidad a los ancianos que practicaban “brujería» para desatar, esa sí, una verdadera cacería de brujas. La mayoría de los cuerpos fueron quemados y tirados a las calles, ante la mirada cómplice y vergonzante de muchos de sus habitantes.
Haití vive una profunda crisis institucional, luego del asesinato de su presidente Jovenel Moise, el 7 de julio de 2021, a manos de paramilitares haitianos, en asocio con mercenarios extranjeros, en su mayoría colombianos, hoy prisioneros en las cárceles de ese país.
El magnicidio de Moise desató una guerra entre pandillas por el control territorial. Al lado del célebre Mikano, en Puerto Príncipe el poder lo ejerce Jimmy “Barbecue» Chérizier, un expolicía, líder de la banda criminal conocida como G-9 y Familia, una alianza de los grupos armados ilegales más peligrosos de este país.
En marzo de 2024, Barbecue y sus hombres se tomaron a sangre y fuego la cárcel de la capital y liberaron a cerca de 3.700 presos. En esta acción murieron 12 personas y cientos resultaron heridas. Ese hombre se ha hecho famoso también por reclutar seguidores y promover sus mensajes a través de las redes sociales, especialmente TikTok e Instagram.
La visita del Presidente Petro
Haití ocupa el 37 por ciento de la isla La Española, primer territorio ocupado por los españoles que llegaron con Colón. La otra parte es la turística República Dominicana. Un contraste entre el cielo y el infierno.
Hasta allí llegó el presidente de Colombia, Gustavo Petro, el pasado viernes 18 de julio. Luego de los honores militares de bienvenida, él y su comitiva tuvieron que atravesar Puerto Príncipe, desde el aeropuerto hasta la sede del hotel Villa Acueil, donde protagonizó un encuentro bilateral de alto nivel con la Junta de Gobierno y sus ministros.
La caravana presidencial atravesó las dos únicas calles a medio pavimentar que existen en la capital haitiana, una urbe tercermundista de más de tres millones de habitantes, donde la pobreza golpea el optimismo y la mirada se estrella contra la falta de planeación, de futuro y esperanza.
En la capital no existen edificios de altura. La mayoría de sus casas fueron construidas sin planeación. Están dispersas por laderas y planicies que, desde el aire, parecieran erigirse por caminos que no conducen a ninguna parte. No se ven semáforos. Los pocos agentes de tránsito no alcanzan a controlar el caos de la ciudad, y los pocos comercios que se ven al paso de la caravana muestran una pobreza que sobrepasa la imaginación. Es la pobreza mejor repartida del mundo.
Nada de lo que conocemos en Colombia se asemeja al drama de Haití, un estado que busca reconstruirse de las ruinas.
Aunque se había anunciado que el Presidente estaría dos días en Haití, en los que se reuniría con la junta de transición y luego inauguraría la sede diplomática de Colombia en Puerto Principe, una vez cumplidas estas citas, esa misma noche el propio mandatario decidió regresar a Colombia. No era difícil deducir el nivel de riesgo que enfrentaba, luego de haber estado en ese primer trayecto, metidos en un monumental trancón.
El regreso al aeropuerto y la hora indicaban, como finalmente pasó, que tendríamos otro gran atasco, pero con un factor que hacía aún más difícil la ya tensa situación: la complicidad de la noche. La experiencia fue caótica. Calles oscuras, un trancón, miles de motos con gente gritando, carros atascados y conductores maldiciendo en francés, soldados con fusiles corriendo para impedir que las motos se acercaran a los carros de la comitiva. Horas de tensión, de inmensa tensión, cruzando los territorios dominados por Barbecue y Mikano.


Foto: Hubert Ariza – Presidencia
Viaja cuerpo élite
El viaje a Haití comenzó con la partida de Bogotá, a las 10:52 de la mañana, del viernes 18 de julio, a bordo del FAC 001. Bogotá había amanecido con fuertes vientos helados que, según los expertos meteorólogos, obedecen a un viento frío que por estos días recorre toda la zona andina desde Chile hasta Panamá.
La seguridad del Presidente fue estudiada y planeada por la Jefatura de Protección y todas las entidades encargadas de su cuidado. Se acordó que nuestras mujeres y hombres fueran los únicos guardianes. Haití no cuenta con un cuerpo especializado para atender este tipo de visitas. Esa fue, precisamente, una de las ayudas que el Presidente le ofreció a la nueva junta que preside ese país hermano. En los próximos meses, hombres de sus cuerpos de policía y Ejército serán entrenados en Colombia y se les venderán fusiles y armamento producido por nuestra industria militar.
La presencia de las tenebrosas bandas y pandillas de Mikano y Barbecue exigían, por tanto, un robusto esquema de protección. Se dio, entonces, la orden de desplazar desde el día anterior una fuerte avanzada que partió de Catam en el FAC 1285, tipo C-295. El plan incluyó una escala técnica en el Comando Aéreo de Palanquero, en Caldas, para reabastecer combustible y continuar hacia el destino final. En su interior iban 27 militares dotados de 23 radios de comunicación, 17 pistolas Glock 17, Glock .40, Sig Sauer y 12 fusiles M4, Mini Uzi, Arad y Sig Sauer.
El avión decoló a las 8:27 de Palanquero y aterrizó en el aeropuerto de Puerto Príncipe, a las 12:30.
El FAC 001 del Presidente llegaría al día siguiente. Causó cierta sorpresa ver subir militares con fusiles, escudos protectores y chalecos antibalas cuando, por lo general, allí se transportan solo armas cortas. Este contingente llevaba otros 28 radios de comunicación, 2 equipos inhibidores de señales, 21 pistolas, una ametralladora Sig Sauer y 7 fusiles.
Este vuelo duró dos horas y 10 minutos. Aterrizó a las 1:03 de la tarde en la capital haitiana sin contratiempos.
Los contratiempos vinieron después cuando la caravana, con el Presidente en su interior, quedó atrapada en los trancones de Puerto Principe.
Cerca a un lujoso hotel, unos hombres vestidos de negro, que parecían de la seguridad haitiana, quisieron subirse al bus de la caravana presidencial. Una oficial de protección colombiana demostró su temple y dio una orden enfática por su equipo de comunicación: “activar protocolo». De inmediato, la guardia presidencial de Colombia los disuadió, fusil en mano, de subirse y les ordenó retirarse. Fueron segundos de mucha zozobra. Ellos alegaban en francés, nadie entendió qué decían.
Pero valió el riesgo. El Presidente de Colombia cumplió su palabra: abrió la representación diplomática en Haití, ofreció a la Junta Provisional que dirige ese país asistencia militar para cimentar las bases de un nuevo Estado capaz de erradicar la violencia, garantizar seguridad y devolver la esperanza de la libertad que una vez fue el sello de Haití, la aliada incondicional de Bolívar.



