[11:45 p. m., 28/5/2023]. Fabio Restrepo Aljure: SU MAJESTAD EL BOLERO. Por JUAN GOSSAIN. El mejor invento del género humano, después de las mujeres y los huevos con jamón, es el bolero. Unicamente se le asemejan, y podrían compararse con él, la empanada de maíz que venden en el mercado de Lorica y los crepúsculos amarillos que uno puede ver a través de una ventana cuando llega diciembre en Cartagena.
Los periódicos han dedicado en estos días una verdadera marejada de papel y una lluvia de tinta para registrar lo que se ha bautizado como el centenario del bolero. Las crónicas afirman que fue un cubano, hace exactamente un siglo, el que compuso la primera canción con apariencia de bolero*.
Se equivocan, naturalmente, porque el bolero es como el amor y como el odio, como el dolor y la alegría, que no tienen padre ni madre. Porque no pueden tenerlo. Yo estoy seguro de que el bolero nació cuando puso sobre la tierra sus pies el primer hombre, en Java o en Cromagnon, en Neanderthal o en La Habana.
El bolero más viejo del mundo es el de Adán y Eva. El argumento es perfecto para Roberto Cantoral: el hombre melancólico, como distraído, triste, un poco zurumbático, mirando lejos, con los ojos alelados, como si tuviera lombrices sabiendo qué era lo que quería pero sin poderlo pedir. Ni siquiera sabía cómo se llamaba porque el mundo era tan reciente que esas cosas no tenian nombre y había que señalarlas con el dedo.
Ella, a su vez, sabiendo lo que el hombre añoraba, viéndolo padecer, sintiendo su respiración jadeante, oyéndolo hablar a solas, pero sin arriesgarse a ofrecerle la medicina para sus males. Como dice el maestro Esteban Montaño en su vallenato inmortal, «lo iban a dejar morir por falta de ese remedio».
Entonces llego la víbora, sibilina y cínica, y creyendo que resolvía el problema lo que hizo fue provocar su expulsión del Paraíso. Ese es el bolero más viejo que conozco, y el mejor, de manera que a mí no pueden venir a contarme cuentos sobre inventores y pioneros. Sería como creer que el doctor Barnard invento el corazón simplemente porque se atrevió a cambiarlo de sitio. Sería tan majadero como creer que alguien puede ir con un memorial a la Oficina de Propiedad Intelectual del Ministerio de Gobierno a registrar la patente del amor.
Quienes hemos crecido alimentándonos con la leche nutricia del bolero, con la voz de Alberto Beltrán diciendo que cantando quiero decirte lo que me gusta de ti, el bolero es como el aire que respiramos, como el jabón que nos limpia por dentro, como el purgante que quita los parásitos y limpia los intestinos del alma. El bolero es una parte de nuestra propia vida, como la madre, la mujer, los hijos y el trabajo.
El otro día, en la estupenda revista Diners, Daniel Samper Pizano escribió unas crónicas tratando de rastrear aquellos boleros en los cuales se invoca a Dios para bien o para mal, para agradecerle que nos haya regalado el amor de la muchacha o para increparlo por una traición femenina. Antonio Abello Roca, desde Barranquilla, prosiguió con la lista iniciada por Samper, y descubrió una joya auténtica en la que el hombre le pide a Dios una oportunidad para tener el discreto encanto de una aventura con una señora casada. Tamaña solicitud no se le ocurre ni al Fondo Monetario Internacional, pero es que en los territorios románticos donde crece el bolero hay licencia hasta para la herejía, y para pedirle al Señor que se nos vuelva alcahueta de un adulterio.
Yo recuerdo, ahora que viene al caso, el único ejemplo de un bolero en el que se invoca a Dios no solo una vez, sino dos, y de una manera abiertamente desafiante. La verdad es que esa obra no nació como bolero, sino como valse peruano, pero el inolvidable Pedro Infante la volvió eterna cambiándole la melodía. Se llama «El plebeyo» y fue el primer disco que vi girar en mi vida, cuando llevaron a San Bernardo del Viento la radiola de madera de mi tía Saide.
Luis Enrique, el plebeyo, se enfrenta valerosamente con la Divina Providencia y le pregunta a gritos por qué los seres no son de igual valor. Semejante cosa no se le había ocurrido, con música, ni a Carlos Marx. Pero, como si fuera poco, diez compases más allá envalentonado por la falta de reacción de la ira celestial, Luis Enrique, el plebeyo, el hijo del pueblo, el hombre que supo amar y que sufriendo va esa infamante ley de amar a una aristócrata siendo un plebeyo él, se arriesga a lanzar esta afirmación: «Siendo el amor humano tiene algo de divino. Amar no es un delito porque hasta Dios amó». Y sigue tan tranquilo con su dolorosa letanía. No se inmuta, claro, porque sabe que Dios le perdona todo a los boleros.
En fin. Ustedes no le paren bolas a ese cuento del centenario. El bolero, como estado de alma es anterior al hombre. Porque tenía que existir para que el bípedo parlante cantara sus dolores y sus angustias. Primero fue el bolero y dirán ustedes que después fue el hombre. No: después fue el encoñamiento, que es el resultado natural de todo bolero. De manera que, con un bolero en el corazón y una mujer al frente, no había estado de pureza que resistiera.
Acabo de hacer un terrible y sombrío hallazgo de carácter teológico: lo que perdió a Adán no fue la desobediencia, ni la serpiente, ni la fruta del bien y el mal. Fue el bolero. La culpa la tiene Agustín Lara..
[11:45 p. m., 28/5/2023] Fabio Restrepo Aljure: “Eutanasia pasiva”
Aura Lucía Mera

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Los periódicos han dedicado en estos días una verdadera marejada de papel y una lluvia de tinta para registrar lo que se ha bautizado como el centenario del bolero. Las crónicas afirman que fue un cubano, hace exactamente un siglo, el que compuso la primera canción con apariencia de bolero*.
Se equivocan, naturalmente, porque el bolero es como el amor y como el odio, como el dolor y la alegría, que no tienen padre ni madre. Porque no pueden tenerlo. Yo estoy seguro de que el bolero nació cuando puso sobre la tierra sus pies el primer hombre, en Java o en Cromagnon, en Neanderthal o en La Habana.
El bolero más viejo del mundo es el de Adán y Eva. El argumento es perfecto para Roberto Cantoral: el hombre melancólico, como distraído, triste, un poco zurumbático, mirando lejos, con los ojos alelados, como si tuviera lombrices sabiendo qué era lo que quería pero sin poderlo pedir. Ni siquiera sabía cómo se llamaba porque el mundo era tan reciente que esas cosas no tenian nombre y había que señalarlas con el dedo.
Ella, a su vez, sabiendo lo que el hombre añoraba, viéndolo padecer, sintiendo su respiración jadeante, oyéndolo hablar a solas, pero sin arriesgarse a ofrecerle la medicina para sus males. Como dice el maestro Esteban Montaño en su vallenato inmortal, «lo iban a dejar morir por falta de ese remedio».
Entonces llego la víbora, sibilina y cínica, y creyendo que resolvía el problema lo que hizo fue provocar su expulsión del Paraíso. Ese es el bolero más viejo que conozco, y el mejor, de manera que a mí no pueden venir a contarme cuentos sobre inventores y pioneros. Sería como creer que el doctor Barnard invento el corazón simplemente porque se atrevió a cambiarlo de sitio. Sería tan majadero como creer que alguien puede ir con un memorial a la Oficina de Propiedad Intelectual del Ministerio de Gobierno a registrar la patente del amor.
Quienes hemos crecido alimentándonos con la leche nutricia del bolero, con la voz de Alberto Beltrán diciendo que cantando quiero decirte lo que me gusta de ti, el bolero es como el aire que respiramos, como el jabón que nos limpia por dentro, como el purgante que quita los parásitos y limpia los intestinos del alma. El bolero es una parte de nuestra propia vida, como la madre, la mujer, los hijos y el trabajo.
El otro día, en la estupenda revista Diners, Daniel Samper Pizano escribió unas crónicas tratando de rastrear aquellos boleros en los cuales se invoca a Dios para bien o para mal, para agradecerle que nos haya regalado el amor de la muchacha o para increparlo por una traición femenina. Antonio Abello Roca, desde Barranquilla, prosiguió con la lista iniciada por Samper, y descubrió una joya auténtica en la que el hombre le pide a Dios una oportunidad para tener el discreto encanto de una aventura con una señora casada. Tamaña solicitud no se le ocurre ni al Fondo Monetario Internacional, pero es que en los territorios románticos donde crece el bolero hay licencia hasta para la herejía, y para pedirle al Señor que se nos vuelva alcahueta de un adulterio.
Yo recuerdo, ahora que viene al caso, el único ejemplo de un bolero en el que se invoca a Dios no solo una vez, sino dos, y de una manera abiertamente desafiante. La verdad es que esa obra no nació como bolero, sino como valse peruano, pero el inolvidable Pedro Infante la volvió eterna cambiándole la melodía. Se llama «El plebeyo» y fue el primer disco que vi girar en mi vida, cuando llevaron a San Bernardo del Viento la radiola de madera de mi tía Saide.
Luis Enrique, el plebeyo, se enfrenta valerosamente con la Divina Providencia y le pregunta a gritos por qué los seres no son de igual valor. Semejante cosa no se le había ocurrido, con música, ni a Carlos Marx. Pero, como si fuera poco, diez compases más allá envalentonado por la falta de reacción de la ira celestial, Luis Enrique, el plebeyo, el hijo del pueblo, el hombre que supo amar y que sufriendo va esa infamante ley de amar a una aristócrata siendo un plebeyo él, se arriesga a lanzar esta afirmación: «Siendo el amor humano tiene algo de divino. Amar no es un delito porque hasta Dios amó». Y sigue tan tranquilo con su dolorosa letanía. No se inmuta, claro, porque sabe que Dios le perdona todo a los boleros.
En fin. Ustedes no le paren bolas a ese cuento del centenario. El bolero, como estado de alma es anterior al hombre. Porque tenía que existir para que el bípedo parlante cantara sus dolores y sus angustias. Primero fue el bolero y dirán ustedes que después fue el hombre. No: después fue el encoñamiento, que es el resultado natural de todo bolero. De manera que, con un bolero en el corazón y una mujer al frente, no había estado de pureza que resistiera.
Acabo de hacer un terrible y sombrío hallazgo de carácter teológico: lo que perdió a Adán no fue la desobediencia, ni la serpiente, ni la fruta del bien y el mal. Fue el bolero. La culpa la tiene Agustín Lara..
[11:45 p. m., 28/5/2023] Fabio Restrepo Aljure: “Eutanasia pasiva”
Aura Lucía Mera
Libro Las Palabras más Bellas y Otros Relatos Sobre el Lenguaje, Gossain  Juan, ISBN 9789587577396. Comprar en Buscalibre
Ciudades salvajes - | Colombia News

Me apropio del título de una carta que envió una mujer de 78 años a El País de España sobre el tema, una tragedia silenciosa que se está extendiendo por todo el mundo a manera de pandemia y de la que muy pocos hablan. En ella dice: “Conozco y desapruebo totalmente la eutanasia pasiva que se ha implantado y se ejecuta cada día con los viejos. Eutanasia pasiva es que tengamos que pedir cita previa para todo. Eutanasia pasiva es que intentemos pedir esa cita previa por teléfono y nos conteste una máquina. Eutanasia pasiva es que te atropellen hablando como metralletas o empujando en las cajas de los supermercados sin darte tiempo a meter los productos en las bolsas. Eutanasia pasiva es que te recomienden que acudas a un hijo o nieto para que haga por ti lo que no entiendas o no seas capaz de hacer”.

Como bien lo dice Manel Domínguez, catedrático español, el edadismo va arrinconando a las personas mayores y llega esa tremenda soledad no elegida que va minando el ánimo, debilitando las defensas inmunológicas, ese alejamiento social que conlleva un dolor que afecta la calidad de vida, ese aislamiento de los hogares unipersonales tan de moda actualmente. “Si eres sénior, mujer y viuda, eres una mujer invisible, no existes”. “[Hay que] producir o morir, la exaltación de la gente joven por el hecho de producir. Si eres joven te utilizamos y si eres sénior no nos importas”, afirma.

La eutanasia pasiva no contempla la inyección letal, pero penetra en el alma cada día. Es el desamor de los más cercanos cuando la edad comienza a pasar factura en la autonomía, con la pérdida de facultades físicas y mentales; en la identidad, cuando ya la persona mayor no es actual ni como cuando estaba joven, y en la pertenencia, cuando muchas de las personas de su círculo de amistades van muriendo y se queda cada vez más aislada, limitada en sus relaciones sociales.

Es cierto que vivimos más años y con mejor calidad de vida gracias a la tecnología y los avances médicos. Pero los viejos se están muriendo por dentro de desamor, de indiferencia, de soledad. Esas jubilaciones súbitas a partir de cierta edad son muchas veces mutilaciones emocionales. La misma etiqueta de “jubilado” predispone al alejamiento. Ya nadie lo busca en el mercado laboral y no sabe cómo comenzar a vivir en este nuevo “estilo” de sano y fuerte por dentro, pero discriminado por fuera. Si es hombre y se enamora de alguien más, es tildado de viejo verde. Si es mujer, pues peores los epítetos, ya no está para esos trotes. Si los viejos participan en una conversación de jóvenes, nadie escucha porque “están gagá o chalados”.
El sistema de salud no quiere gastar dinero en exámenes costosos, porque “ya pa qué”, y se pelotean a los viejos de un lugar para otro mientras se acaban de enfermar y, si tienen suerte, de morirse rápido, para que no sigan jodiendo más a la familia ni a nadie. Sucede en España, en Japón, en Colombia, en la Conchinchina. Más que ser humano, te empiezan a mirar como un peligro. “¿Cómo así que todavía va al gimnasio?”, “¿cómo se le ocurre seguir manejando carro?”, “se atreve a ponerse vestido de baño?”, “¿y esa pinta de colores a su edad?”.

Así se pasan los días para hombres y mujeres en plenas facultades, que todavía tienen mucha vida, inteligencia, cosas por compartir, pero están viviendo sobredosis de soledad y eso se va notando en las miradas cada vez más perdidas en el horizonte, porque vivir en soledad es malvivir. Veo con terror lo que sucede a mi alrededor. Cuando visito un hogar geriátrico, siento esa soledad emocional en compañía de otros también abandonados a su suerte, en manos de enfermeros que ni siquiera saben sus nombres ni se interesan por sus historias de vida, que les hablan en diminutivos humillantes: “Coja la cucharita, tómese la sopita, vamos a la camita”.
Lo digno
Soy una afortunada de la vida, viajo, me divierto, peleo, rodeada de hijos, nietos, amigos. Cuando vaya a estirar la pata creo que lo que voy a hacer es dar una última patada antes de pedir la eutanasia inyectada, pero no me dejaré contaminar de esta epidemia de eutanasia pasiva que nos quiere rodear como un fantasma gris y silencioso. Caí en la cuenta de que pertenezco al rango de los arrinconados cuando hace unos días fui a un laboratorio a hacerme unos exámenes de sangre y una enfermera jovencita y maquillada me puso en la blusa un sticker. Creí que era el turno… ¡Oh, sorpresa! Cuando me miré en un espejo leí que decía: “Cuidado, riesgo de caída”. No se lo metí por donde sabemos porque ya estaba de salida.

Como afirma Domínguez en su libro Sénior. La vida que no cesa, el cambio verdadero lo vamos a dar los séniores. Sin dejarnos arrinconar, exigiendo respeto, haciendo lo que nos dé la gana, opinando lo que queramos, sin dejarnos atropellar de nadie, sacando o metiendo la pata cuando lo decidamos.