Exparamilitares como gestores: tensión política en plena campaña electoral.

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El miércoles pasado el ministro Benedetti se reunió virtualmente con los 16 ex-AUC, entre ellos estaba Salvatore Mancuso.

El gobierno de Gustavo Petro reinició una mesa de diálogo con 16 exjefes paramilitares Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) mediante una resolución emitida en septiembre de 2025. Esa decisión despierta críticas intensas en el contexto electoral, al otorgarles estatus de gestores de paz para participar en actividades territoriales y de memoria, sin modificar sus procesos judiciales pendientes.

Esta reactivación ocurre tras una suspensión previa del mecanismo en junio de 2025, cuando los mismos excomandantes denunciaron incumplimientos de la Oficina del Comisionado de Paz. En esta ocasión, el Ejecutivo sostiene que los gestores ayudarán a “cerrar” el antiguo pacto de Ralito y contribuir a estrategias de reconciliación y verdad en las regiones más afectadas por el conflicto.

Los críticos advierten que volver a involucrar a figuras con historial de violencia puede generar un efecto adverso: reforzar la desconfianza ciudadana, profundizar la polarización política y debilitar la legitimidad del proceso de paz. En plena campaña electoral, la acción podría convertirse en blanco de ataques de la oposición que la percibe como una concesión a actores impunes.

Para que esta estrategia funcione, el gobierno debe garantizar claridad en los planes de trabajo, supervisión rigurosa y una ruta verificable de rendición de cuentas. De lo contrario, la “mesa con exparamilitares” podría transformarse en un riesgo político y reputacional en medio de la contienda por el poder.

English version

Paramilitar leaders as mediators: political tension amid electoral campaign

President Gustavo Petro’s government reinstated a dialogue table with 16 former paramilitary commanders of the United Self-Defense Forces of Colombia (AUC) through a resolution issued in September 2025. The move is drawing intense criticism during the electoral season, as it grants them status as peace mediators with roles in territorial and memory initiatives—without altering their outstanding judicial cases.

This relaunch follows a previous suspension in June 2025, when the same commanders accused the Peace Commissioner’s Office of breaches. Now, the administration argues the mediators will help “close” the old Ralito pact and contribute to reconciliation and truth efforts in regions deeply affected by conflict.

Critics warn that involving figures with histories of violence may backfire: it risks deepening public distrust, intensifying political polarization, and undermining the legitimacy of the peace process. In the thick of an election, the move could be leveraged by the opposition as an undue concession to impunity.

For the strategy to succeed, the government must ensure transparent work plans, rigorous oversight, and an accountable path forward. Otherwise, the “paramilitary mediator table” may become a political and reputational liability amid the fight for power.