«Medusa», de la ficción a la realidad:
BÁRBARA TRANSFIGURA A UN MONSTRUO GUARDIÁN CONTRA EL INFRAMUNDO BARRANQUILLERO
La historia de la familia más adinerada de la región Caribe colombiana envuelta en un entramado mafioso, según la serie cinematográfica ficticia de la plataforma de streaming estadounidense. El impacto del marketing de expectativa para su posicionamiento en la más alta audiencia nacional. “Ni una queja porque es una metonimia, ¡no señor, eso no es cierto!”


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La serie “Medusa” de Netflix ha causado desde que inició su campaña de expectativa, incluso, en los mismos canales privados de televisión y en los medios periodísticos más reconocidos del país, un revuelo de especulaciones en Barranquilla, la región Caribe y Colombia en general, por las coincidencias en el imaginario popular y en los estratos “de bien” de lo que pudiera estar relacionado y pasando en la realidad de la Ciudad ante la certeza de un coctel político-mafioso difícil de ocultar que tiene a la población local angustiada por la inseguridad, mientras los protagonistas de carne y hueso se pasean orondos en la subliminal pulcritud “Intocable”.
Por Carlos Ramos Maldonado
Comencemos por la ficción: en la mitología griega “Medusa”, una de las diosas Gorgonas, era un monstruo ctónico (espíritu guardián del inframundo), que convertía en piedra a aquellos que la miraban fijamente a los ojos (no confundir con una exparlamentaria colombiana que delató a todos sus supuestos y poderosos amantes), hasta que fue decapitada por Perseo, el semidiós hijo de Zeus (la máxima deidad del Olimpo, morada de los dioses olímpicos -tampoco confundir con la antorcha rojiblanca y azul-) para evitar ser víctima de la mujer.


Estatua de Perseo mostrando como trofeo la cabeza de Medusa (Piazza della Signoria – Florencia, Italia)
Desde entonces, Medusa se convirtió en una “aguamala” de cuerpo gelatinoso cuyos largos tentáculos expelen células urticantes capaz de ahuyentar a sus enemigos, más a los que quieran atacarla sin piedad.
De la ficción a la realidad
Pero la realidad del cine apenas es virtual, pues son tramas tomadas de la invención, por un lado, o del trajinar humano, por el otro, para entramarlo en el espectáculo público a través de una pantalla digital, en los tiempos modernos, de tal manera que el espectador atraído se meta en la historia como viviendo una circunstancia paralela, a veces cotidiana, aún más para los que han experimentado situaciones similares, y entonces cada persona de la audiencia compara a cada personaje con su contexto.
Es decir, el receptor desapercibido recibió en principio el metonímico mensaje promocional de un interfax virtual (pantalla de tv, PC o móvil observado), lo procesó en su mente mediante la fase lógica-conceptual y lo transfirió a la realidad circundante, en esa metáfora del realismo mágico cinematográfico que evita culpar a alguien de plagiar, injuriar o calumniar mediante el arte.
Para el psicólogo barranquillero Javier Mendoza De la Rosa, PhD en Ciencias Políticas y docente e investigador universitario, al respecto del arte y la realidad, afirma que: “Generalmente el artista en su obra manifiesta sus estados de conciencia y sus emociones a través del arte, plasmando en su objeto la emoción. Aquí en esto arrastra lo contextual, lo imaginario y lo que representa el desafío de su conciencia… En el caso de “Medusa”, el querer decir la realidad de algo o de alguien a través del arte cinematográfico es como decir… quiero salir desnudo, pero no puedo hacerlo porque me trae implicaciones jurídicas. Entonces recreo este mecanismo de defensa para que sea interpretado individualmente de maneras diferentes”.
Por su parte, Gonzalo Restrepo Sánchez, director de cine y tv., comunicador social y escritor, miembro de Fipresci (la federación internacional de periodistas especializados en cine, con sede en Múnich – Alemania), miembro de CNP y catedrático universitario, manifiesta que: “Lejos de focalizarnos en la relación que guardan las imágenes filmadas con el mundo externo, vale más meditar la correlación que guardan las imágenes proyectadas con la agudeza que un espectador tenga de ellas. Se trata entonces de la posición desde la cual se enuncia algo que dice ser ficcional o verdadero. No es que una película reproduzca la verdad, sino que “[…] dice cosas sobre la verdad” (Plantinga, 2010). Esto es posible a causa de la articulación de un punto de vista concreto de enunciación, y que lleva al debate del punto de vista cinematográfico”.
Entonces, la Medusa de la serie concretamente nada tiene que ver con lo que pudiera estar sucediendo en Barranquilla, pero en la mente de los inquietos espectadores está la relación, que hasta podría ser morbosa, que es una enfermedad mental provocada por lo que se pervive: “Siempre pensando mal”, se dice en el argot popular. O, como en la frase cantinflesca: «No dice lo mismo, pero lo dice todo».
Su sinopsis dice lo siguiente: “Medusa es un conglomerado empresarial de la Costa Norte de Colombia… La historia de una familia de tradición que ha construido su imperio sobre una red de mentiras, en la que nada es lo que parece y todos se perfilan como villanos de su propia patraña”, describe la propia plataforma Netflix. “Bárbara Hidalgo está próxima a convertirse en la CEO de Medusa, pero justo el día de su posesión sufre un accidente en altamar. Cuando todos la dan por muerta y la investigación de su caso concluye que el mar se tragó el cuerpo de la millonaria, ella regresa para darse cuenta de que fue víctima de un atentado fallido. Junto a Danger Carmelo, el investigador de su caso, se proponen descubrir al verdadero culpable”, concluye el tráiler de la trama.
Ver tráiler oficial de «Medusa» en el siguiente link: https://n9.cl/fm0e2dz
Sin embargo, a pesar de que, revisados los doce capítulos de la primera temporada publicada por Netflix, nada deja entrever lo que el común de la gente y la opinión pública supone relacionada con la serie, fruto de una campaña de expectativa que desvió la atención popular hacia la historia de una poderosa familia de Barranquilla (“de cuyo nombre no quiero acordarme”, dice el Quijote de la Mancha”) que absorbe todos los quehaceres de la Ciudad como nadie antes lo había hecho, semejante a un califato tropical: la política, el comercio, el deporte, la recreación, las comunicaciones, la academia y la cultura como negocio, aunque también vinculada judicialmente con enlaces turbios de corrupción administrativa y electoral, más conexiones con redes del narcotráfico, según informaciones periodísticas. Pero de los supuestos afectados por Medusa, hasta ahora, a pesar del comentario vox populi, no se ha escuchado ninguna queja, ya que se presume que la indiferencia para el feedback no hace exponencial la crítica negativa (eso dicen los expertos en bodegas mediáticas).


El Cartel de Medusa
La serie de Netflix, nada basada en un hecho real, grabada en Barranquilla, Cartagena, Santa Marta y Bogotá, y con parlamentos cachacos imitando de manera pésima jergas barranquilleras, tiene un cartel de actores interesantes, ése sí de conexión internacional artística, como la actriz caleña Juana Acosta, que hace el papel de Bárbara Hidalgo; Manolo Cardona es el detective Danger Carmelo, más Sebastián Martínez, Diego Trujillo, Carlos Torres y Mábel Moreno, entre otros; y unos reconocidos personajes para su campaña de expectativa: nada más y nada menos que el famoso abogado mediático Abelardo De la Espriella (ir al link https://n9.cl/eyyrg) y el reconocido cantante de música de carnaval Checo Acosta (ir al link https://n9.cl/0fslve).





