MIGUEL URIBE TURBAY SIEMPRE RECORDÓ QUE EN COLOMBIA NO TODO ESTA PERDIDO. SU CORAJUDO EJEMPLIO SERÁ LA LUMBER DENTRO DE HORAS OSCURAS DE LA DEMOCRACIA COLOMBIANA.

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Abren investigación contra el esquema de seguridad de Miguel Uribe: Fiscalía

/Foto ENS

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Lunes, 11 de Agosto de 2025

La profunda tristeza que embarga al país por el magnicidio de Miguel Uribe Turbay encarna, a su vez, un lacerante dolor histórico. En efecto, cuando las nuevas generaciones alcanzaron a pensar que Colombia había cambiado en las últimas décadas, aparentemente lejos de las trágicas jornadas vividas por sus mayores, se han encontrado con que, de nuevo, el asesinato político prevalece en el propósito de arrasar la existencia, zaherir el alma nacional y demoler la democracia.

Con ello, una y otra vez, los mercaderes de la muerte han desdoblado sus tenebrosas y pérfidas intenciones de agotar las energías colombianas y aniquilar su futuro. En esta ocasión, la víctima fue precisamente un joven padre de familia, de 39 años, huérfano de madre desde muy niño (también por cuenta de la insania narcoterrorista) y cuyas luchas democráticas, convicciones institucionales, designios de solidaridad, don de gentes y vocación futurista permitían avizorar nuevos horizontes. Que, no obstante, fueron segados a vil metralla en un parque del suroccidente de Bogotá, un atardecer sabatino, hace dos meses.

Efectivamente, allí llegó el comando asesino, dispuesto a no fallar en esta oportunidad, pues los detentadores de la barbarie y el terror ya habían dispuesto su eliminación en otras ocasiones, en que finalmente suspendieron el operativo criminal. Esta vez, en medio de una pequeña manifestación que se formó de improviso en torno del senador y precandidato presidencial del Centro Democrático, en declarada oposición desde los inicios del gobierno izquierdista de Gustavo Petro, afilaron sus protervas miras y lo balearon en la cabeza. Desde entonces el país permaneció a la expectativa de que la víctima pudiera salvarse, una vez estabilizada de milagro en una clínica vecina de la localidad novena y de que fuera sometida durante las prolongadas semanas a cuidados intensivos en la Fundación Santa Fe. Pero nunca superó el estado crítico, pese a los constantes esfuerzos del equipo médico. Desde un comienzo, dada la letalidad y sevicia perpetradas por los criminales, el pronóstico fue de extrema gravedad, hasta que las esperanzas se desvanecieron ayer en la madrugada, confirmando el magnicidio.        

Ciertamente, en su corta trayectoria política y vital el hoy mártir de la juventud y la democracia, Miguel Uribe Turbay, había logrado el favor de sus conciudadanos, sin distingo, con base en el escrutinio popular de sus ideales (uno de los senadores de mayor votación); siempre abierto al debate público, que nunca rehuyó, sino propició; y vigoroso en explicar por qué la nación debía tomar el rumbo que proponía y enfrentar las pretensiones de desquiciamiento institucional, denunciando la anarquía reinante. Todo ello sin jamás incitar a la violencia, sin pedir salidas estrambóticas, siempre apegado a la ley, haciendo gala del estudio de los problemas nacionales y animado por el optimismo de quien tenía plena confianza en las posibilidades del país. No sabía, claro está, que, en ese ejercicio democrático consustancial al sistema de orden, derechos y libertades descrito en la Constitución colombiana, al menos en el papel, truncarían su vida al igual que la de su progenitora en sus labores periodísticas.

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Sobre su féretro, Colombia entera se une para pedir del gobierno las garantías que por desgracia Miguel Uribe no tuvo. Por el contrario, fue en medio de la espesa atmósfera creada desde las más altas esferas gubernamentales, extremando el radicalismo político y acaballándose en el odio y la polarización, que se produjo el fatídico atentado. No estuvo él, en lo absoluto, exento de ese fermento pernicioso en los habituales trinos presidenciales. Tampoco, en el trance de su estado de coma, supo que su mentor, el expresidente Álvaro Uribe Vélez, había sido condenado en primera instancia a la máxima pena de 12 años y detención domiciliaria, situación sobre la cual el país está pendiente de la apelación y el fallo del Tribunal Superior de Bogotá, frente a la violación de los derechos fundamentales y la ausencia de pruebas aducida por la defensa, pleito que asimismo Uribe Turbay siempre consideró una orquestada persecución contra el jefe de la oposición. Menos, por su parte, pudo darse por enterado de que mientras el gobierno petrista se solidarizaba con la fraudulenta satrapía de Nicolás Maduro y el denunciado ‘cartel de los soles’, motivo de sus acusaciones permanentes y hoy reducto de las más altas recompensas de Estados Unidos, en la otra frontera había abierto un estrepitoso enfrentamiento con el Perú, en lugar de recurrir a las vías diplomáticas.