

Jueves, 4 de Julio de 2025.-
En los últimos tres años, la Cancillería colombiana quedó hecha una piltrafa. En verdad, nada de qué sorprenderse, porque para nadie es secreto que, dentro de los criterios egotistas de la Administración Petro, ese ha sido el indeclinable propósito de unas relaciones internacionales absolutamente personalizadas en el primer mandatario.
En esa medida que Laura Sarabia hubiera renunciado ayer al cargo, a escasos meses de su posesión, no tiene mayor importancia. Si por una parte es la demostración fehaciente de que en realidad nunca llegó a tomar las riendas de su despacho, bajo las constantes rectificaciones presidenciales, por otra es la prueba reina de que tan solo accedió a la Casa de San Carlos dentro de los despropósitos de un gabinete reventado por las insidias y componendas internas.
En efecto, bastaría con recordar que la señora Sarabia fue exaltada a la Cancillería al mismo tiempo que lo hizo Armando Benedetti al Ministerio del Interior, hace un semestre. Ciertamente, baluartes de la campaña presidencial petrista y amigos de primer orden, sin embargo, las relaciones pasaron de castaño a oscuro cuando el país conoció el episodio aún no concluido de las conversaciones telefónicas entre ambos y las incidencias paralelas: polígrafos, suicidios, quince mil millones de pesos a la campaña nunca explicados, presiones y amenazas al servicio doméstico, extraños viajes a Venezuela… En fin, toda la serie de extravagancias emergidas de esa hoguera de pasiones.
En la mitad palpita, desde luego, el contrato en la hechura de los pasaportes colombianos. Un contrato que a toda costa y desde hace tiempo el presidente ha ordenado quitar de manos de quienes han ganado las licitaciones correspondientes. Y que también es la firma encargada de sensibles temas electorales en la Registraduría. Lo cual pone el ojo avizor en los próximos comicios. Porque, por fuera de los postulados normativos, acaso el argumento podría ser el mismo: demasiado tiempo prestando el servicio.
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En tanto, quien ahora haga las veces de canciller resulta inane. Al fin y al cabo, solo se trata de cumplir labores secretariales y de preparar los constantes viajes presidenciales. Nada de llevar a cabo una política exterior con todas las letras y nombrar voceros adecuados. De eso, ni hablar, porque, claro, para quienes solo piensan en los reflectores, en el farandulismo internacional, en las escandalosas retóricas, en la delectación viajera y las agendas abiertas, es por supuesto menester una Cancillería reducida a escombros.
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/Foto Cancillería
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Jueves, 3 de Julio de 2025
En los últimos tres años, la Cancillería colombiana quedó hecha una piltrafa. En verdad, nada de qué sorprenderse, porque para nadie es secreto que, dentro de los criterios egotistas de la Administración Petro, ese ha sido el indeclinable propósito de unas relaciones internacionales absolutamente personalizadas en el primer mandatario.
En esa medida que Laura Sarabia hubiera renunciado ayer al cargo, a escasos meses de su posesión, no tiene mayor importancia. Si por una parte es la demostración fehaciente de que en realidad nunca llegó a tomar las riendas de su despacho, bajo las constantes rectificaciones presidenciales, por otra es la prueba reina de que tan solo accedió a la Casa de San Carlos dentro de los despropósitos de un gabinete reventado por las insidias y componendas internas.
En efecto, bastaría con recordar que la señora Sarabia fue exaltada a la Cancillería al mismo tiempo que lo hizo Armando Benedetti al Ministerio del Interior, hace un semestre. Ciertamente, baluartes de la campaña presidencial petrista y amigos de primer orden, sin embargo, las relaciones pasaron de castaño a oscuro cuando el país conoció el episodio aún no concluido de las conversaciones telefónicas entre ambos y las incidencias paralelas: polígrafos, suicidios, quince mil millones de pesos a la campaña nunca explicados, presiones y amenazas al servicio doméstico, extraños viajes a Venezuela… En fin, toda la serie de extravagancias emergidas de esa hoguera de pasiones.
En la mitad palpita, desde luego, el contrato en la hechura de los pasaportes colombianos. Un contrato que a toda costa y desde hace tiempo el presidente ha ordenado quitar de manos de quienes han ganado las licitaciones correspondientes. Y que también es la firma encargada de sensibles temas electorales en la Registraduría. Lo cual pone el ojo avizor en los próximos comicios. Porque, por fuera de los postulados normativos, acaso el argumento podría ser el mismo: demasiado tiempo prestando el servicio.
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En tanto, quien ahora haga las veces de canciller resulta inane. Al fin y al cabo, solo se trata de cumplir labores secretariales y de preparar los constantes viajes presidenciales. Nada de llevar a cabo una política exterior con todas las letras y nombrar voceros adecuados. De eso, ni hablar, porque, claro, para quienes solo piensan en los reflectores, en el farandulismo internacional, en las escandalosas retóricas, en la delectación viajera y las agendas abiertas, es por supuesto menester una Cancillería reducida a escombros.

