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Las elecciones del domingo pasado en Ecuador eran, sin duda, cruciales no solo para definir el mandatario en el próximo cuatrienio, sino para comenzar a delinear el futuro del país a mediano y largo plazos. El electorado tenía dos opciones muy diferenciadas. Por un lado, un joven presidente-candidato de centroderecha como Daniel Noboa, que en apenas quince meses de mandato (fue escogido a finales de 2023 para completar el periodo del dimitente Guillermo Lasso) ha buscado enderezar el rumbo del país en materia de seguridad, economía e institucionalidad y, de otro, la dirigente izquierdista Luisa González, alfil político y electoral del condenado y exiliado expresidente Rafael Correa, quien estuvo en el poder por más de una década y fue uno de los principales portaestandartes del fracasado “Socialismo del Siglo XXI”, que patrocinó en el continente el chavismo venezolano.
Si bien es cierto que, en la primera vuelta, contra el pronóstico de las encuestas que marcaban el favoritismo del mandatario, se registró un sorpresivo voto finish entre Noboa y González, en el balotaje la ventaja del primero fue contundente: sumó alrededor del 56% de los votos, mientras que su rival apenas alcanzó el 44%.
Quedó claro, entonces, que los ecuatorianos apostaron por el futuro. Noboa, pese a su juventud (37 años) ha demostrado desde noviembre de 2023 que tiene una conexión tangible con las expectativas de las mayorías. La primera y más grande coincidencia es que el país no quiere volver al pasado, a esas épocas infaustas en que el correísmo hizo y deshizo, montándose en una nociva ola de neopopulismo de izquierda que, para aferrarse al poder, no dudó en torcer los canales constitucionales e institucionales. Una época en donde en las altas esferas gubernamentales fueron permeadas por la corrupción, primó la intoxicación ideológica en la gestión y se llegó al extremo de querer limitar las libertades políticas y fundamentales ante el creciente inconformismo.
En ese orden de ideas, resulta evidente que no solo se votó por el futuro, sino por la estabilidad democrática. Con un pasado reciente de mandatos presidenciales accidentados, Noboa supo transmitir a la opinión pública que Ecuador necesita un norte claro y una agenda sólida. A diferencia de su rival, que prometía una reformitis sin cuartel, que implicaba en varios flancos el retorno a modelos políticos, económicos, sociales e institucionales correístas, la mayoría de ellos comprobadamente fracasados, el mandatario reelecto basó su plataforma electoral y programática en la continuidad de la gestión de estos quince meses que, con altas y bajas, está bien calificada.
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No ha sido un periodo fácil ni mucho menos. La desaceleración económica, una sequía histórica y el racionamiento eléctrico en gran parte del país pusieron a prueba la capacidad del joven gobernante y su nivel de convocatoria para encontrar fórmulas de solución a problemas de alto calado e impacto poblacional. Los resultados en las urnas, contrario a lo que preveían González y demás partidos opositores, son un espaldarazo a la hoja de ruta en aplicación.
Sin embargo, el más grande reto de Noboa ha sido, desde el día uno de su corto mandato, la recuperación de la seguridad y el orden público en una nación en donde los carteles del narcotráfico, las pandillas de alto espectro, la criminalidad organizada, la pérdida de control de las cárceles y el alto poder de cooptación de los grupos delincuenciales en el poder local y regional enrutaban a Ecuador por la ruinosa senda del ‘Estado fallido’.
El presidente, a riesgo de su propia vida, lanzó una ofensiva sin tregua contra todos los factores de violencia. Declaró la existencia de un conflicto armado, activó a las Fuerzas Militares para ayudar en el combate a la criminalidad a nivel interno, declaró estados de excepción, comenzó a retomar el control de las prisiones, proyectó sendas reformas judiciales y de otros campos para facilitar la lucha antiterrorista e incluso ha pedido apoyo externo para reforzar su cruzada contra la delincuencia de toda laya.


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Como es apenas obvio, el Gobierno no solo ha tenido que enfrentar la violenta y cruenta reacción de los focos de criminalidad en distintas zonas del país, sino una avalancha de críticas de la oposición, que lo acusa de un presunto perfil militarista y autoritario. De hecho, unos y otra preveían que en las urnas habría un rechazo absoluto a esa política de seguridad y orden público. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario. En Ecuador, como en otros países, las mayorías están por la mano firme contra la delincuencia y la recuperación del principio legítimo de autoridad, sin flexibilidades que solo favorecen a los criminales.
Las urnas, entonces, le dieron la razón a Noboa y es hora de continuar el trabajo.

