



[7:42 p.m., 7/11/2025] Ruben Dario Franco Narvaez: Sábado 8 de noviembre 2025 – Día Mundial del Urbanismo.
En el año 1949 nació el Día Mundial del Urbanismo. Fue una propuesta Ingeniero Carlos Maria della Paolera, el primer catedrático de Argentina y también el exdirector del Instituto de Urbanismo de Buenos Aires. Este hombre realizó dos grandes aportaciones a la celebración. El primero, fue la creación del diseño del símbolo del urbanismo, el cual parece un sol color oro, sobre una irradiación azul y un fondo verde. Este símbolo representa los elementos de la naturaleza. El oro es el sol y por ende el aire y el fuego; el azul es el agua; y el verde es la vegetación y la tierra de donde está nace. El segundo aporte fue el de proponer en el año 1949 la creación del Día Mundial del Urbanismo, con el objetivo de concienciar a las personas, pero sobre todo a los grupos de trabajo de planificación urbana, sobre la necesidad de generar ambientes sanos con espacios verdes, para evitar el hacinamiento de la población, la contaminación y asegurar la terminación de dichas obras.
El urbanismo es el responsable de planificar diseños y servicios que mejoren la calidad de vida de los habitantes, pero para tener éxito, necesita de la contribución de todos los que viven en esa ciudad.
Cada momento es una oportunidad para sonreírle a la vida. SONRÍA… SONRÍA… SONRÍA… CON AMOR Y ALEGRÍA, AGRADECIÉNDOLE A DIOS: CADA SEGUNDO DE VIDA. –RUDAFRA.
MINICUENTO 2008- RUDAFRA. “EL SUEÑO DE ROBERTO GÁLVEZ MONTEALEGRE”.
En una esquina bulliciosa de Pereira, donde el clamor de las flotas de buses se entrelazaba con el aroma de los buñuelos y empanadas recién hechos, un niño llamado Roberto Gálvez Montealegre luchaba contra la pobreza. A su corta edad, vendía periódicos, dulces y golosinas a los pasajeros que pasaban rápidamente. Su entorno era un reflejo de la vida dura, pero también era un campo fértil para sus sueños.
Roberto vivía en una cueva que había sido su hogar desde siempre. Cada día, al amanecer, miraba hacia la ciudad y se imaginaba su desarrollo mágico, una metrópoli vibrante donde las oportunidades rebosaban por doquier. Pero la realidad era cruda. Su padre, un hombre de gran corazón, estaba en su lecho de muerte, y antes de cerrarle los ojos al mundo práctico, hizo una última entrega: la responsabilidad de cuidar y sostener a su numerosa familia. “Hijo, cuida de ellos”, le dijo, mientras sus palabras reverberaban en el alma del joven, convirtiéndose en un faro de esperanza en medio de la oscuridad.
La voz de su madre, llena de preocupación -pero también de amor- resonaba en su mente. Ella siempre le aconsejaba: “Roberto, estudia. La educación es tu escudo”. Y así lo hizo. Con el fervor de un guerrero y las horas de sueño sacrificadas, él devoraba libros por la noche, cuando los demás dormían. En la penumbra, las páginas iluminaban su futuro y lo ayudaban a forjarse un camino.
Su destreza en el negocio de los dulces lo llevó a tocar la puerta de la fábrica La Rosa. Como si el destino conspirara a su favor, fue recibido con los brazos abiertos. Su juventud soñadora y su energía inagotable encantaron al ingeniero García, quien vio en él una chispa especial. En poco tiempo, Roberto escaló posiciones, dejando atrás su infancia de vendedor ambulante y abrazando la responsabilidad que el desafío le traía.
El liderazgo natural de Roberto no pasó desapercibido; pronto fue elegido Presidente del Sindicato de La Rosa. El trayecto desde su esquina hasta la presidencia fue como un cuento de hadas, pero la realidad era mucho más dura. Los políticos comenzaron a buscarlo, guiándolo hacia las toldas rojas del partido. Mientras se sumergía en el mundo político, trabajaba durante el día, estudiaba por la noche y dedicaba sus fines de semana a la campaña proselitista.
La vida de Roberto se transformó. Se convirtió en concejal de Dosquebradas, luego en Di…
[7:42 p.m., 7/11/2025] Ruben Dario Franco Narvaez: MINICUENTO 2008- RUDAFRA. “EL SUEÑO DE ROBERTO GÁLVEZ MONTEALEGRE”.
En una esquina bulliciosa de Pereira, donde el clamor de las flotas de buses se entrelazaba con el aroma de los buñuelos y empanadas recién hechos, un niño llamado Roberto Gálvez Montealegre luchaba contra la pobreza. A su corta edad, vendía periódicos, dulces y golosinas a los pasajeros que pasaban rápidamente. Su entorno era un reflejo de la vida dura, pero también era un campo fértil para sus sueños.
Roberto vivía en una cueva que había sido su hogar desde siempre. Cada día, al amanecer, miraba hacia la ciudad y se imaginaba su desarrollo mágico, una metrópoli vibrante donde las oportunidades rebosaban por doquier. Pero la realidad era cruda. Su padre, un hombre de gran corazón, estaba en su lecho de muerte, y antes de cerrarle los ojos al mundo práctico, hizo una última entrega: la responsabilidad de cuidar y sostener a su numerosa familia. “Hijo, cuida de ellos”, le dijo, mientras sus palabras reverberaban en el alma del joven, convirtiéndose en un faro de esperanza en medio de la oscuridad.
La voz de su madre, llena de preocupación -pero también de amor- resonaba en su mente. Ella siempre le aconsejaba: “Roberto, estudia. La educación es tu escudo”. Y así lo hizo. Con el fervor de un guerrero y las horas de sueño sacrificadas, él devoraba libros por la noche, cuando los demás dormían. En la penumbra, las páginas iluminaban su futuro y lo ayudaban a forjarse un camino.
Su destreza en el negocio de los dulces lo llevó a tocar la puerta de la fábrica La Rosa. Como si el destino conspirara a su favor, fue recibido con los brazos abiertos. Su juventud soñadora y su energía inagotable encantaron al ingeniero García, quien vio en él una chispa especial. En poco tiempo, Roberto escaló posiciones, dejando atrás su infancia de vendedor ambulante y abrazando la responsabilidad que el desafío le traía.
El liderazgo natural de Roberto no pasó desapercibido; pronto fue elegido Presidente del Sindicato de La Rosa. El trayecto desde su esquina hasta la presidencia fue como un cuento de hadas, pero la realidad era mucho más dura. Los políticos comenzaron a buscarlo, guiándolo hacia las toldas rojas del partido. Mientras se sumergía en el mundo político, trabajaba durante el día, estudiaba por la noche y dedicaba sus fines de semana a la campaña proselitista.
La vida de Roberto se transformó. Se convirtió en concejal de Dosquebradas, luego en Diputado de Risaralda y, finalmente, en Representante a la Cámara. Pero su más grande hazaña llegó cuando ocupó el puesto de Gobernador Popular de Risaralda, un título que no solo le otorgó poder, sino también la capacidad de cambiar vidas.
A medida que ascendía en la política, nunca olvidó de dónde venía. Hoy en día, Roberto dirige su propia empresa, BUSSCAR, una compañía que no solo simboliza su éxito, sino también su compromiso por un futuro mejor para Pereira, Risaralda y Colombia. Al mismo tiempo, trabaja incansablemente en las comunidades vulnerables que llama «La Pereira Profunda», donde siente que aún habita el niño que vendía dulces en esa esquina calurosa.
Roberto Gálvez Montealegre no es solo un político o un empresario; es un faro de esperanza y un testimonio vivo de que los sueños pueden hacerse realidad. Su historia es un recordatorio de que, incluso en la adversidad, uno puede levantarse y transformar tanto su vida como su comunidad. Desde aquel rincón humilde, Roberto ha logrado crear un legado que, como él soñó, continúa creciendo en magia y desarrollo para todos los que lo rodean.
Hoy, sábado 8 de noviembre 2025, acompañado de su inseparable esposa, hijos y nietos, Roberto Gálvez Montealegre, hará un recorrido por su “Pereira Profunda” para llevar auxilio a los más necesitados.



