Padre Pacho
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Un abismo de incertidumbre
El dolor de la desaparición forzada es distinto a cualquier otro tipo de pérdida. No es un duelo convencional, porque no nos enfrentamos a una certeza, sino a un abismo de incertidumbre. La mente se aferra a la esperanza de que, en algún lugar, ese ser querido esté vivo, esperando regresar; pero también, nos enfrentamos al miedo abrumador de que esa esperanza sea en vano. Es un duelo suspendido, en el que no se puede cerrar el ciclo, porque nunca se sabe realmente qué ha sucedido.
Es una herida que nunca se cierra del todo; es un vacío lleno de preguntas sin respuesta, de sueños truncados y de promesas incumplidas. La ausencia de su sonrisa, de sus palabras, de su compañía se convierte en una sombra constante que nos acompaña en el día a día, como una música melancólica que nunca deja de sonar.
Toda desaparición forzada es un acto que niega la humanidad misma, tanto de la persona desaparecida como de quienes le amaban. Es un intento de borrar su existencia, de despojarla de su identidad, de su historia. Al desaparecer, se le arrebata su derecho a ser recordado, a ser llorado, a ser honrado. Es una negación del derecho a la memoria, que nos deja con una sensación de impotencia, como si estuviéramos gritando en el vacío.
Una desaparición forzada es un golpe devastador, pero también un dolor que no tiene la ultima palabra; porque, aunque la incertidumbre nos consuma y el dolor nos paralice, la memoria, el amor y la búsqueda de justicia nos llaman a seguir adelante. Su recuerdo nos impulsara siempre a construir un mundo en el que todos tengan derecho a ser recordados, a ser llorados, a vivir y morir con dignidad; porque, cada vida tiene un valor inestimable, y cada ausencia nos deja un vacío que solo el amor, la verdad y la justicia pueden empezar a llenar.
Cuando quien ha desaparecido es un ungido del Señor, la pérdida adquiere una dimensión aún más profunda y desgarradora. No solo se lleva consigo su presencia física, sino también su misión, su voz profética, su testimonio de fe. Es como si la luz que emanaba de su vida hubiera sido abruptamente apagada, dejando un vacío espiritual que se extiende más allá de lo visible. su desaparición forzada intentará borrar su huella en la tierra, pero no podrá, borrar su nombre del Libro de la Vida. La desaparición de un amigo ungido es una prueba para nuestra fe que, nos enfrenta al silencio de Dios, a esa noche oscura del alma en la que parece que todas las certezas se desvanecen.
Padre Pacho


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