Migración Venezolana: La Prudencia de Narrar desde la Distancia.

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VENEZUELA | Así es VENEZUELA | Un Paraíso que busca la Libertad

Por: Luis Alberto Figueroa, Comunicador Social Periodista. Tarjeta Profesional 0222 expedida por el Ministerio de Educación Nacional.


En medio de la crisis humanitaria venezolana que ha generado millones de desplazados en toda América Latina, emerge una reflexión fundamental sobre la ética del discurso: ¿quién tiene legitimidad para narrar el sufrimiento ajeno? Desde Colombia y otras naciones de la región, periodistas, académicos y comunicadores enfrentan el dilema de informar sobre la situación en Venezuela sin haber vivido directamente el desplazamiento, la escasez de alimentos o la vida bajo un régimen autoritario. Esta tensión entre la responsabilidad informativa y la prudencia narrativa define hoy el debate sobre cómo contar historias que no son propias, pero que nos afectan colectivamente.

La experiencia vivida es innegable como fuente de autoridad. Quienes han atravesado el desplazamiento forzado desde Venezuela poseen un testimonio irreemplazable que trasciende cualquier análisis externo. Sin embargo, la legitimidad no debe limitarse únicamente a quienes han padecido directamente estas circunstancias. Desde la distancia geográfica es posible ejercer un periodismo responsable que reconozca sus limitaciones, que amplíe voces de migrantes y refugiados, y que evite la especulación o la dramatización innecesaria. La prudencia, entonces, no significa silencio, sino humildad narrativa.

Lo que sí es imperativo desde Colombia y América Latina es formular la pregunta que ya no resulta ajena: ¿Qué va a pasar? Este interrogante trasciende fronteras porque los efectos de la crisis venezolana impacta directamente la estabilidad regional, los sistemas de salud, educación y seguridad de países vecinos. La movilidad humana masiva, la presión sobre recursos públicos y las dinámicas sociales generadas por millones de migrantes hacen que el futuro de Venezuela sea también el futuro de la región. Por eso, hablar desde el análisis contextual, desde datos verificables y desde la voz de quienes viven la experiencia, es no solo legítimo sino necesario.

El rol del comunicador en este escenario requiere una brújula ética clara. Narrar la crisis venezolana desde fuera implica responsabilidad de verificación, de dar plataforma a testimonios auténticos y de reconocer lo que no sabemos. No es apropiado inventar experiencias de escasez que no hemos vivido ni pretender comprender la totalidad de un régimen sin haberlo experimentado en carne propia. Pero sí es legítimo conectar puntos, analizar tendencias, amplificar voces silenciadas y contribuir a que la comunidad internacional entienda las dimensiones reales de una tragedia humanitaria.

La prudencia en el discurso sobre Venezuela desde la distancia no es debilidad, sino fortaleza. Reconocer los límites del conocimiento propio, citar a quienes viven la realidad, y formular preguntas colectivas sobre el futuro, construye un periodismo más creíble y más ético. En un contexto donde la desinformación prolifera, donde el dolor ajeno no se politiza, la responsabilidad de los comunicadores es mayor. Desde Colombia y desde toda América Latina, la pregunta sobre qué sucederá en Venezuela no es retórica: es urgente, compartida y exige respuestas que solo pueden construirse desde la solidaridad, la verificación y el reconocimiento honesto de nuestras propias limitaciones.


English Version

Venezuelan Migration: The Prudence of Narrating from a Distance

By: Luis Alberto Figueroa, Social Communicator Journalist. Professional Card 0222 issued by the National Ministry of Education


Amid the Venezuelan humanitarian crisis that has generated millions of displaced people throughout Latin America, a fundamental reflection emerges on the ethics of discourse: who has the legitimacy to narrate others’ suffering? From Colombia and other nations in the region, journalists, academics, and communicators face the dilemma of reporting on the situation in Venezuela without having directly experienced displacement, food scarcity, or life under an authoritarian regime. This tension between informative responsibility and narrative prudence defines today’s debate on how to tell stories that are not our own, yet affect us collectively.

Lived experience is undeniable as a source of authority. Those who have endured forced displacement from Venezuela possess an irreplaceable testimony that transcends any external analysis. However, legitimacy should not be limited solely to those who have directly suffered these circumstances. From geographical distance, it is possible to exercise responsible journalism that acknowledges its limitations, amplifies the voices of migrants and refugees, and avoids unnecessary speculation or dramatization