El despliegue de EU
* Cerco militar a Maduro…
* ¿y descertificación para Colombia?
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/Foto AFP
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Sábado, 6 de Septiembre de 2025
En América Latina es sabido que Venezuela representa, por excelencia, uno de los problemas más acuciantes de la región. Gobernada por una satrapía militar, bajo una deleznable fachada civil, la democracia fue borrada del mapa. El gran éxito del régimen dictatorial consiste en haber lanzado al éxodo a casi medio país, producto del fracaso social y económico y la indolencia gubernamental. Según los expedientes de Estados Unidos, el sistema está regido por el ‘Cartel de los Soles’ y la impunidad criminal.
Pero en las últimas semanas la situación en la zona parecería estar cambiando, a raíz de una nueva estrategia planificada y estructurada por el Gobierno estadounidense. La activación del Comando Sur y el despliegue de una potente flota, sobre el Caribe venezolano, señalan que se han complementado los métodos meramente policivos y limitados de la guardia costera norteamericana. Esto con el fin de neutralizar, acorde con las facultades extraordinarias de que goza la actual administración y aún por la vía militar, a las siniestras organizaciones terroristas dedicadas a colmar a Estados Unidos con las drogas que envenenan a la juventud de ese país. Fue lo que ocurrió esta semana con el bombardeo, en aguas internacionales, de una lancha de traficantes de origen venezolano con saldo de 11 muertos.
Lo que en primer lugar llama la atención es que el resultado fue dado a conocer al más alto nivel posible, por el mismo presidente norteamericano. Lo cual indica que las decisiones al respecto se toman directamente desde la Casa Blanca y se deben única y exclusivamente a la voluntad de acción presidencial. De modo paulatino, pues, se va creando un teatro de operaciones de gran extensión y envergadura que modifica lo que hasta ahora se había conocido en la lucha contra el narcotráfico. Salvo por la quirúrgica operación militar contra Manuel Antonio Noriega, hace ya más de tres décadas y media en Panamá.
En principio, lo que puede vislumbrarse de la nueva estrategia es una aproximación más sistemática y frontal al fenómeno del narcotráfico. La gran alarma suscitada por la mortal epidemia del fentanilo, en Estados Unidos, ha puesto de presente los estragos de estupefacientes, opiáceos y alucinógenos sin control y sus graves efectos tanto en la salud pública como en el tejido social. Y es en esa perspectiva que el Gobierno norteamericano ha asumido el reto como un asunto de seguridad nacional con evidentes derivaciones internacionales.
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Como es apenas una obviedad, esto también parecería comportar una nítida advertencia para los asociados a los grupos criminales de origen mexicano y venezolano declarados terroristas. Y en ese sentido, por ejemplo, también podría llegar a cobijar a los clanes y enclaves desde donde se cultiva, produce e inicia la comercialización del enorme contingente mundial del alcaloide, en Colombia.
Por lo pronto, la atención está centrada en la satrapía enquistada en Venezuela, encabezada por Nicolás Maduro y sus áulicos militares. En todo caso, cada día crece más la expectativa de hasta dónde llegará la fuerza marítima en mención, aunque de antemano es factible pensar que semejante plan operativo y financiero no tendría alcances efímeros y de poca monta. Es claro, en tanto, que la potencia norteamericana ha decidido un control decisivo sobre el Caribe, con miras a neutralizar frontalmente el contrabando de drogas ilícitas y con el fin de contrarrestar la oferta al costo que sea. Incluso, es también de destacar el acuerdo alcanzado esta semana entre Estados Unidos y México para establecer una fuerza conjunta en esa dirección.
En estos días, precisamente, llegará el turno a Colombia frente al tema de la certificación en la lucha contra las drogas. No está claro si Estados Unidos presentará, en esta oportunidad, datos desconocidos sobre la espiral de cultivos ilícitos en el país, pues el gobierno Biden suspendió la información. Pero sí se conocen las abrumadoras cifras estimadas por la ONU, para 2023, que han confirmado a la nación colombiana como epicentro global del cultivo de hoja de coca, en expansión, y la producción del alcaloide hasta registros nunca vistos: 253.000 hectáreas sembradas y 2.660 toneladas producidas.


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En esa vía, cuesta ser optimistas por lo que pueda suceder en materia de corresponsabilidad en la lucha contra las drogas. Y todavía peor cuando una descertificación plena podría conllevar, a más de la suspensión de las ayudas militares, el bloqueo del crédito multilateral y castigos comerciales y tarifarios.
Por otra parte, sin embargo, el Gobierno estadounidense ha podido comprobar que la actual administración nacional es muy poco representativa de lo que piensa y quiere la mayoría del pueblo colombiano. Comenzando, por ejemplo, por el desprecio generalizado de la satrapía madurista. De hecho, si alguien ha enfrentado con decisión organizaciones terroristas, como el “Tren de Aragua”, esa ha sido la Fuerza Pública colombiana, con ayuda estadounidense. Inclusive hoy el intercambio de bienes entre las dos naciones ha llegado a cifras históricas, además en franco ascenso, gracias a la sintonía entre ambos empresariados y una balanza comercial equilibrada.
Preocupante, en efecto, erosionar la vocación futurista de las relaciones colombo-americanas con una descertificación plena, suscitada por las omisiones y estridencias de un gobierno ya agónico.



