
LA ERECCIÓN DE LOS CENTENARIOS
POR EDGAR ESPINOZA
Con sus tasas tan bajas de natalidad, Costa Rica va camino de convertirse en Costa Roca.
Me explico: en unas cinco décadas, el 43% de nuestra población será de bastón y cofal con ancianitos mayores de 65 años de edad.
Yo ya estoy ahí desde hace tiempo, pero ni me doy cuenta porque no me mido por los años que tengo sino por mis vivencias y apetencias.
Estas son las que me hacen sentir infinito.
El primer signo de vejez es por ahí de los 60 años de edad cuando en tu espejo te seguís viendo el mismo de siempre, pero en el de la calle la gente al toque te sepulta vivo.
«¡Viste, le cayó el piano a ese mae!», murmuran unos; «Ese mop no se tira el tamal de este año», apuestan otros.
Además, te empiezan a echar de las pólizas de vida, de los seguros de viajero, de los préstamos bancarios, de los gimnasios y hasta de donde Tencha y afines por aquello de un paro cardiaco en vez de uno afrodisiaco.
A mis 75 años fui a un gimnasio adonde me recibieron con una tabla, a toda pared, que detallaba el rango de las pulsaciones de sus clientes entre los 18 y 65 años de edad.
¡Qué bárbaros! Ni siquiera una línea, al final de la tabla, dedicada a visitantes como yo de categoría «signos incompatibles con la vida».
Para los efectos de ese local deportivo, yo llegaba ahí desde el cementerio, me ejercitaba, duchaba, vestía –perdón– amortajaba y regresaba de nuevo al nicho.
¡Debí haberme hecho el muerto a la hora de pagar!
Es entonces cuando empezás a sentir que, de verdad, la Pelona te sobrevuela y que, al menor síntoma de calambre, escalofrío o retortijón, te va a caer con todo para que le entregués las «herramientas».
La transición hacia la tercera edad es quizá la parte más traumática debido a que, al no aceptarla, vivís un largo luto que tratás de paliar, por ejemplo, botoxeándote o injertándote aquí, allá y acullá.
O aplicándote corrector de ojeras, usando manga larga para tapar las sobras y los sueltos, matando el brillo de la muerte con polvo neutro de Carolina Herrera y vistiendo bien atlético a lo Usain Bolt para sorprender a la concurrencia.
¡Craso error!
El primer requisito para disfrutar de esta edad a plenitud es olvidarte por completo de esa bicha infeliz, también conocida como la Huesuda, así la sintás respirándote en la nuca, guadaña en ristre, para hacerte el Úber al más allá.
El gran secreto es hacerte el desentendido y seguir tu vida como si fueras inmortal, moviéndote de un lado a otro, haciendo cosas y ocupándote en lo que sea para despistarla y ojalá atontarla.
En otras palabras, jamás nunca aburrirte porque, de lo contrario, de un solo tajo te convertirá en su manjar «express».
La idea más bien es reír, conversar, bailar (evitar el «trencito»), gritar, abrazar, aplaudir y hasta tararear canciones de esas que te resuciten viejos amores y nuevas alegrías.
Porque en el instante en que la Parca te escuche o vea tosiendo con los ojos en blanco, agarrándote de lo que sea para no descalabrarte, demorando horas en sentarte o buscando los anteojos teniéndolos puestos… ¡zaz!
¡Sale velorio con café y tostel!
Del mismo modo, si notás que tu cuerpo se empieza a encoger, llevale la contraria manteniéndote erguido a través de terapias de estiramiento de la cintura a la cabeza, o «carrucha», como le llaman.
Como la enemiga te está midiendo y sabe que a los 70 años habrás perdido alrededor de 8 cm de altura, es aconsejable, por ejemplo, hacer «barra» en la rama de algún árbol o travesaño en la casa para retardar el proceso de reducción e implosión. (Ojo: no olvidar recoger los brazos al final de cada rutina).
En cuanto a otros síntomas, tipo babeos, incontinencias, tics, punzadas, temblorinas, achaques y demás flacideces, la tecnología actual ha creado remedios milagrosos no tanto para mitigarlos como para enmascararlos.
Tampoco conviene que la susodicha te sorprenda rezando mucho porque, en el acto, va a sospechar que estás finiquitando tus cuentas con Dios y… ¡Cataplún! Te deja con el rosario a medio palo y la contabilidad en rojo.
Y bueno, ya después, como a los dos años, resignado a tu realidad, no solo aceptás la vejez, sino que aprendés a sobrellevarla abstrayéndote de las convenciones y prejuicios sociales.
Porque, a fin de cuentas, tu mayor enemigo no es la vejez ni la muerte sino esa sociedad estereotipada, impaciente y con prisa que te considera lento, improductivo y hasta un lastre social.
Si bien la esperanza de vida les está dando hoy a algunos ticos un aire o milla extra gracias a su genética, entorno, comida sana y hábitos moderados, lo esencial será siempre la actitud positiva y optimista que asuman.
Se palpa esto en los pueblitos de la «zona azul» de Nicoya donde gente centenaria anda en bicicleta, ensilla y monta su caballo, chapea el patio, camina sin parar, es sociable y amiguera, ama a su familia y sabe administrar bien su tiempo y estrés.
Amén del agua que beben, cargada de minerales; de las tortillas de maíz, del «gallopinto», de la poca carne que consumen, del aire que respiran y de su distanciamiento de las tecnologías, redes y demás electrónicas actuales.
O sea, todo un paradigma digno de ser emulado y gozado a sus anchas por esa generación adulta mayor que, ya para el año 2100, superaría por lejos a la joven como clase dominante en todas las actividades humanas.
Y como ese «chicharrón» les tocará a nuestros nietos y bisnietos, nada mejor que ir sembrando en ellos desde ya la semilla de una Costa Rica más sabia, vigorosa y próspera.
A la vejez, espuelas.




