



Martes, 29 de Marzo de 2026
* Cuando la única política es entrar en razón
Si la consigna del candidato izquierdista, Iván Cepeda, es ganar en primera vuelta: ¿acaso no debería asumirse el mismo objetivo para los sectores que ocupan el escenario del centro a la derecha?
Por lo pronto luce evidente, a vuelo de pájaro, que la sumatoria de las intenciones de voto de este bloque, en las últimas encuestas, ya sobrepasa el registro del aspirante continuista. Y al mismo tiempo no es del todo improbable que tendencias de la centroizquierda, desencantadas o hace tiempo en férrea oposición al petrismo, verbigracia, de Alejandro Gaviria a Jorge Enrique Robledo, para no hablar del centrismo de Sergio Fajardo o de la móvil Claudia López y de seguro otros nombres (por más controversial que suene), podrían hacer parte de esta coalición. Aquella que sin vetos busca abrirle a Colombia un camino de esperanza y fortaleza en la mira conjunta de consolidar su refundida vocación de futuro.
En todo caso, lo antes dicho, a distancias de la improvisación, demagogia y pugnacidad imperantes en la Casa de Nariño. Que, por si fuera poco, el postulante de la izquierda extrema reclama dizque de panacea y razón de ser de su candidatura. Esto pese al dramático derrumbe de lo que hasta el momento había logrado el país en desarrollo del Estado social y democrático de derecho. Y que en peor medida el político en mención exalta como una conducta ejemplar. Para continuar, míresele por donde se le mire, en el despropósito de reducir a cenizas eso que con tino los ingleses llaman rule of law (sujeción a la ley como norma suprema) y que quiérase o no es el nutriente por excelencia de la paz y el contrato social.
Así mismo, no menos importante y a tono con las órdenes palaciegas, seguir haciendo lo propio en obstaculizar la economía a manos de un Ejecutivo intrusivo, burocratizado al máximo. Es decir, bien grande, costoso, arrogante y omnipresente. Propicio a la corrupción, a la coyunda clientelista, a pesar de las mendaces promesas en contrario, y en permanente camorra con las otras ramas y órganos estatales. A su vez, un gobierno vindicativo de la iniciativa económica individual. De otra parte, enemigo de la concertación, de la planeación sin esguinces, de los presupuestos ajustados, del dinamismo público-privado, de la honra de las vigencias futuras y, como no, de una política internacional con los pies en la tierra, dirigida al beneficio nacional. En suma: un Frankenstein atolondrado.
Para nada es exageración decirlo. Porque así salta a la vista en los galopantes índices de la carestía, desprecio del pleno empleo, abuso de la potestad reglamentaria, obsesión por las facultades extraordinarias, temerario endeudamiento, asfixiantes cargas impositivas ante el anómalo drenaje del tesoro público y desde luego el maremagno estatista en curso. Lo mismo que en las espurias consultas populares, al igual que explosivas propuestas constituyentes.
En tanto, un Ejecutivo al garete de sus funciones esenciales de seguridad y amparo ciudadano. Y de lo que hoy no prevalece más que anarquía, complicidades, desolación, mientras se naufraga en el auge de los cultivos ilícitos, de la minería criminal, la trata humana, la cooptación municipal, a complacencia de los forajidos – y sus socios- a lo largo y ancho del territorio. Que, además de expandir la indignidad, amenaza y muerte, viven a tutiplén de la depredación ambiental.
Frente a semejante evidencia, imposible de soslayar, el país parecería hacer lúcido tránsito a la convergencia democrática. En general, se trata de una visión realista de la democracia colombiana. Esto si se entiende, como se dijo en editorial anterior, que la propuesta central puesta sobre el tapete en esta campaña presidencial, a raíz de la fórmula Paloma Valencia-Juan Daniel Oviedo, es el concepto de las “paralelas-convergentes”. O sea, una alianza decisiva en que se reconozcan las diferencias, pero cuyo énfasis sean los puntos de encuentro.
Y que, de seguir prosperando la dinámica conseguida, permite otear una pequeña luz en lontananza en cuanto a hacerse innecesaria la segunda vuelta. Tal y como ocurrió en Bogotá y no tiene visos de repetirse en quien, dadas las características señaladas, está en incapacidad de encabezar el estimulante designio electoral que se ha venido presentando, en dirección a apuntalar la unidad democrática del país desde las bases. Y que ojalá se termine de robustecer, más pronto que tarde, incluso para ganar en la primera vuelta.




