

Quizás supo poco, enseñó aparentemente poco, pero ese poco es hoy, el hondo cimiento humano y gran referente en nuestras vidas. Y cuando ya estamos de vuelta de todas las cosas, cuando se nos desplomó el mundo mentiroso de las apariencias y de los juegos fatuos, volveremos a refugiarnos en aquello poco, elemental y transparente que nos enseñó nuestra madre y que llevamos, guardado e intacto en lo más recatado y seguro de nuestro ser.
Gracias Mamá por tener algo de Dios y mucho de ángel, por ser el aliento de la vida, esfuerzo y sacrificio, por ser puerta de esperanza con tu entrega y comprensión; por ser predilecta del sumo bien, recreando vida y proveyendo luz; irradiando amor, como el que murió en la cruz.
Gracias Mamá porque si el hombre se acerca a la divinidad cuando es artista, tú lo hiciste siendo madre. Gracias por combinar sabiduría y simplicidad, por tú trabajo incansable en el hogar, por ser justa y vivir siempre con papá; por ser maestra por tu humanidad; el combustible que me permite hacer hasta lo imposible; por enseñarme a creer en mí, bendiciendo mi vida con tus consejos, llenándome de alegrías y emoción, por ser la obra maestra y única que Dios creó. Gracias por enseñarme el ángel de la guarda, quien protegió siempre mis sueños librándome de todo mal.
Padre Pacho




