Por unas deliciosas nalgas. Por el comunicador social periodista. Gabriel Jaime Ardila FUENTE EL OPINADERO.

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La cueva de las letras con el periodista y escritos, Gabriel Ángel Ardila.  - YouTube

la de emergencia

Se cree y se dice con holgura y sin ningún ceremonial, que un culo es igual a otro: No señor. Pues en mis cuidadosas observaciones de esta mañana, creo poder probar que no. Aún dos, de un mismo cuerpo, no son idénticos… ja

La observación nace de los esfuerzos por invertir (no gastar) ahorros de esta pandemia en nuevos implantes biológicos, tan corrientes y rutinarios antes de ella. A dos casi amigos se les vio unas repentinas protuberancias atrás (más abajo de las costillas) y viendo bien los bultos, no eran pantalones inflados o almohadillas acomodadas: Eran implantes de alguna de esas porquerías caras que inyectan en el trasero de culi-chupa’os que tienen dinero y tan poca vergüenza, como para ponérselo de relleno aunque se note! O ¿será para eso?

Y las caras de gato de ciertas amigas como María Trapitos hacían intrascendentes absolutamente los reclamos de divas de la tele, que fueran desengañadas por haber aceptado poner el trasero para inoculación de polímeros y otras de esas porquerías, que luego cirujanos de verdad debieron raspar hasta los huesos, para salvar esos traseros. ¡¡Como ciertas gallinas, afortunadamente no era el único porque esas tienen “cuartos… traseros”!!

En esta lúdica divina de auscultador callejero, jamás había visto lo que a continuación les describo …

Cualquier humano inyectado o con injerto, abultado por encima de sus deslucidas llanuras, clama a Dios por una risita de caridad para el emplasto que le sobresale… El de fondo es apenas el recibido de natura o por los defectos de la estética de Dios que lo creó y por los des velantes latigazos con que le criaron y lo que sea que pudiere ser su heredad: los pobres no tenemos eso y ni lo que de ahí sale es tesoro, pues de lo contrario no habría sido la sentencia preferida de García Márquez según quien «si la mierda tuviera precio, los pobres nacerían sin c…»

La magnanimidad de los paseantes, empero, es más latigante que la injusta inhumanidad de cualquier culi-plancho. Por eso se extendió el matoneo: y de eso viven muchos loqueros y psico-mineros que de ahí explotan su veta a vergonzantes culichupa’os. Pero la fortuna hoy es que ya desde mensajes institucionales el Gobierno colombiano enseña que nadie está obligado a atender sorna, burla o matoneo, porque «¡No necesito de tu aprobación!». Soy como soy, y culi-plancho río. La única salvedad aceptable es de quienes, por fuerza extrema y razones quirúrgicas, usan recursos de esa estética costosa que algunos explotan a su amaño.