Cuando el Odio Reemplaza a la Razón: El Resentimiento Social y la Crisis del Debate Público

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Un Periodista al Servicio de la Comunidad: Luis Alberto Figueroa, Voz y  Compromiso Social en Pereira. – Notieje.com

Por: Luis Alberto Figueroa, Comunicador Social Periodista. Tarjeta Profesional 0222 expedida por el Ministerio de Educación Nacional


A propósito de una reflexión del historiador mexicano Juan Manuel Zunzunegui sobre el resentimiento social, resulta urgente detenerse en un fenómeno que crece silenciosamente en el corazón de las democracias contemporáneas: la razón ha sido desplazada por el odio. En un contexto global marcado por la polarización política y social, el debate público ha mutado de forma alarmante, dejando atrás la confrontación de ideas para dar paso a la descalificación sistemática del otro.

Lo que antes era discusión se ha convertido en trinchera. El diálogo, ese ejercicio fundamental de la vida democrática, ha cedido su lugar a la violencia verbal, a la mentira como herramienta política, al grito como argumento y al gesto procaz como respuesta. La degradación del discurso público no es un fenómeno espontáneo; es el resultado acumulado de años en que las emociones más primarias han sido instrumentalizadas para obtener poder, adhesión y votos.

El fenómeno adquiere una dimensión especialmente preocupante cuando la pugnacidad presidencial —es decir, la agresividad proveniente desde los más altos niveles del poder— legitima y normaliza ese mismo tono en la ciudadanía. Cuando quien gobierna insulta, amenaza o miente desde el estrado, envía un mensaje inequívoco: que la violencia simbólica es una forma válida de comunicación política. El resentimiento, entonces, deja de ser un malestar individual para convertirse en una ideología colectiva.

Zunzunegui ha señalado que el resentimiento social no es simplemente enojo o inconformidad; es una emoción que se alimenta de la comparación, de la envidia disfrazada de justicia y de la incapacidad de procesar el fracaso propio sin culpar al otro. En ese caldo de cultivo, la manipulación emocional prospera con facilidad, y los líderes que apelan al odio encuentran terreno fértil en sociedades donde las instituciones han fallado y la desigualdad persiste sin respuesta.

Lo que se ha perdido no es la discusión en sí misma —los debates siguen existiendo, quizás con más intensidad que nunca—, sino el respeto que los hacía posibles y productivos. Sin ese respeto, no hay acuerdo posible, no hay construcción colectiva, no hay democracia real. Recuperar la razón como brújula del debate público no es una tarea ingenua ni utópica: es, sencillamente, la condición mínima para que una sociedad pueda seguir llamándose civilizada.


English version


When Hatred Replaces Reason: Social Resentment and the Crisis of Public Debate

By: Luis Alberto Figueroa, Social Communicator and Journalist. Professional License 0222 issued by the National Ministry of Education


Drawing on a reflection by Mexican historian Juan Manuel Zunzunegui about social resentment, it is urgent to pause and examine a phenomenon quietly growing at the heart of contemporary democracies: reason has been displaced by hatred. In a global context defined by political and social polarization, public debate has undergone a troubling transformation, abandoning the clash of ideas in favor of the systematic discrediting of the other.

What was once discussion has become a trench. Dialogue — that fundamental exercise of democratic life — has given way to verbal violence, to lies as political tools, to shouting as argument, and to crude gestures as responses. The degradation of public discourse is not a spontaneous phenomenon; it is the accumulated result of years in which the most primal emotions have been weaponized to gain power, loyalty, and votes.

The phenomenon becomes especially concerning when presidential pugnacity — that is, aggression emanating from the highest levels of power — legitimizes and normalizes that same tone among citizens. When those who govern insult, threaten, or lie from the podium, they send an unmistakable message: that symbolic violence is a valid form of political communication. Resentment then ceases to be an individual grievance and becomes a collective ideology.

Zunzunegui has argued that social resentment is not simply anger or discontent; it is an emotion that feeds on comparison, on envy disguised as justice, and on the inability to process personal failure without blaming others. In that breeding ground, emotional manipulation thrives, and leaders who appeal to hatred find fertile soil in societies where institutions have failed and inequality persists without answer.

What has been lost is not debate itself — discussions continue, perhaps more intensely than ever — but rather the respect that made them possible and productive. Without that respect, no agreement is possible, no collective progress can be built, and no real democracy can exist. Recovering reason as the compass of public debate is neither a naive nor utopian task: it is, simply put, the minimum condition for a society to continue calling itself civilized.