Lo que espera el país del Congreso.


Las nuevas realidades en el Congreso saltan a la vista luego de la elección del senador Iván Name como presidente del Senado. Su triunfo la semana anterior es uno de esos palos políticos que no suelen darse con frecuencia. Aun con más veras después de que el gobierno intentó poner toda la aplanadora oficialista en su contra. Efectivamente, el veterano congresista supo salir avante, incluso como fundador del partido Verde y respaldado por las mayorías parlamentarias diferentes u opositoras al autodenominado progresismo.
Name, que ha hecho gala en su trayectoria política de un tono conciliador y proclive al consenso, conoce como pocos de sus colegas la importancia institucional y las atribuciones del Parlamento. Tiene, pues, el Congreso un activo fijo en su veteranía y experticia. Inclusive, de sus primeras declaraciones puede deducirse lo que significa ser la máxima cabeza de una de las ramas del poder público, dejando en claro que el Legislativo tiene la misma preponderancia que las demás columnas de la estructura estatal. Esto para señalar que las relaciones con el Ejecutivo deben adelantarse de igual a igual. Y ha dejado entrever que nada más perjudicial en esos propósitos constitucionales que la intermediación gota a gota que ha prometido el ministro del Interior para soportar su estrategia clientelista con el fin de romper las bancadas y torcer las decisiones partidistas en virtud de las prebendes y canonjías al detal.
De la elección del presidente del Congreso queda sobre la mesa, entonces, que los partidos tienen tanto sus bancadas como sus jefes. Y que tratar de desconocerlos, moviéndoles el piso de modo furtivo como sin rubor lo ha dejado entrever el antedicho ministro, es la peor táctica a la que se puede recurrir. Por el contrario, tanto jefes como partidos han salido fortalecidos de la jornada y así podrá corroborarse en la elección de las mesas directivas de las comisiones constitucionales y las de otra índole. Esa es la nueva conducta en el Parlamento. Tratar de renovar viejos vicios en procura de mayorías ficticias parece, por fortuna, una salida inviable, pese a que algunos en el hemiciclo tengan la tentación de feriar los intereses de la alta política nacional a su ombligo inmediato. Lo cual ojalá repercuta en la Cámara de Representantes, donde se dio un presidente por consenso, es decir, un vocero institucional más allá de la escueta y perniciosa intermediación clientelar a que no pocos están acostumbrados.



