Editorial Diario El Paìs, Abril 14 de 2019

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En defensa de la vid

Pasa el tiempo, la amenaza crece y Colombia no parece encontrar la ruta que le permita proteger los bosques nacionales. Lo que se está destruyendo es el futuro del país e incumpliendo con la responsabilidad de conservar la mayor biodiversidad del mundo.

 El debate ha estado candente en las semanas recientes por la decisión que ha tomado el Gobierno Nacional en cuanto a las metas de deforestación para los próximos años. Ya se sabe que los compromisos internacionales de reducir a cero la tala de bosques en el año 2020 se incumplieron, y que por el contrario el número de hectáreas arrasadas ha crecido a un ritmo inconcebible. Por ello las expectativas cambiaron de manera radical.

Si en el 2017 se destruyeron 220.000 hectáreas de bosques y selvas en todo el territorio nacional, se calcula que en el 2018 esa cifra llegó a las 270.000 hectáreas, un crecimiento del 23%. Frente a esa realidad innegable, lo que ha planteado el Gobierno Central, tal como quedó consignado en el Plan Nacional de Desarrollo que se debate en el Congreso de la República, es que la meta anual de deforestación para el siguiente cuatrienio se mantenga al mismo nivel que tenía hace dos años, es decir que crezca 0%.

Cuentas más o cuentas menos, lo que se prevé entonces es que Colombia pierda no más de 880.000 hectáreas de zonas frondosas de aquí al 2023. Y eso, palabras más o palabras menos, es la claudicación frente a la responsabilidad que se tiene con el futuro de la Nación, de sus habitantes y del Planeta. Si se continúan destruyendo los recursos más valiosos que hoy tiene el país, representados en sus bosques, en sus ecosistemas únicos y en general en su riqueza natural, se estará destruyendo la vida misma.

¿Se conformará Colombia con hacer tan poco? Nadie dice que sea fácil frenar a los responsables de esa deforestación desenfrenada, sobre todo porque los intereses que los motivan son tan ilegales como robarle espacio a la selva para extender sus latifundios, tener más tierras, ojalá escondidas, para ampliar el número de hectáreas sembradas con cultivos ilícitos, o enriquecerse con la venta ilícita de madera.

Sin negar los avances en materia normativa y legislativa que ha hecho el país, así como las decisiones tomadas para ampliar las zonas de reserva natural, aquí la tarea se está perdiendo. En estos tiempos de modernidad, tecnología y comunicaciones debe existir alguna forma de monitorear en tiempo presente los bosques nacionales y actuar con rapidez para detener a quienes pretenden hacerle daño. Las Alertas Tempranas que emite cada cierto tiempo el Ideam son un paso adelante, pero no son suficientes ni efectivas.

Colombia tiene uno de sus mayores retos en el control de la deforestación. Conformarse con mantener los niveles actuales es claudicar frente a tan grande responsabilidad y eso no lo puede permitir la Nación. A las autoridades ambientales hay que exigirles que protejan los recursos naturales, a la Justicia que castigue a quienes atentan contra ellos y a los colombianos que se conviertan en los guardianes de sus bosques, de sus selvas, de esa riqueza única que tiene el país. Es su futuro el que estarán defendiendo y la vida la que estarán preservando.

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Pasa el tiempo, la amenaza crece y Colombia no parece encontrar la ruta que le permita proteger los bosques nacionales. Lo que se está destruyendo es el futuro del país e incumpliendo con la responsabilidad de conservar la mayor biodiversidad del mundo.

El debate ha estado candente en las semanas recientes por la decisión que ha tomado el Gobierno Nacional en cuanto a las metas de deforestación para los próximos años. Ya se sabe que los compromisos internacionales de reducir a cero la tala de bosques en el año 2020 se incumplieron, y que por el contrario el número de hectáreas arrasadas ha crecido a un ritmo inconcebible. Por ello las expectativas cambiaron de manera radical.

Si en el 2017 se destruyeron 220.000 hectáreas de bosques y selvas en todo el territorio nacional, se calcula que en el 2018 esa cifra llegó a las 270.000 hectáreas, un crecimiento del 23%. Frente a esa realidad innegable, lo que ha planteado el Gobierno Central, tal como quedó consignado en el Plan Nacional de Desarrollo que se debate en el Congreso de la República, es que la meta anual de deforestación para el siguiente cuatrienio se mantenga al mismo nivel que tenía hace dos años, es decir que crezca 0%.

Cuentas más o cuentas menos, lo que se prevé entonces es que Colombia pierda no más de 880.000 hectáreas de zonas frondosas de aquí al 2023. Y eso, palabras más o palabras menos, es la claudicación frente a la responsabilidad que se tiene con el futuro de la Nación, de sus habitantes y del Planeta. Si se continúan destruyendo los recursos más valiosos que hoy tiene el país, representados en sus bosques, en sus ecosistemas únicos y en general en su riqueza natural, se estará destruyendo la vida misma.

¿Se conformará Colombia con hacer tan poco? Nadie dice que sea fácil frenar a los responsables de esa deforestación desenfrenada, sobre todo porque los intereses que los motivan son tan ilegales como robarle espacio a la selva para extender sus latifundios, tener más tierras, ojalá escondidas, para ampliar el número de hectáreas sembradas con cultivos ilícitos, o enriquecerse con la venta ilícita de madera.

Sin negar los avances en materia normativa y legislativa que ha hecho el país, así como las decisiones tomadas para ampliar las zonas de reserva natural, aquí la tarea se está perdiendo. En estos tiempos de modernidad, tecnología y comunicaciones debe existir alguna forma de monitorear en tiempo presente los bosques nacionales y actuar con rapidez para detener a quienes pretenden hacerle daño. Las Alertas Tempranas que emite cada cierto tiempo el Ideam son un paso adelante, pero no son suficientes ni efectivas.

Colombia tiene uno de sus mayores retos en el control de la deforestación. Conformarse con mantener los niveles actuales es claudicar frente a tan grande responsabilidad y eso no lo puede permitir la Nación. A las autoridades ambientales hay que exigirles que protejan los recursos naturales, a la Justicia que castigue a quienes atentan contra ellos y a los colombianos que se conviertan en los guardianes de sus bosques, de sus selvas, de esa riqueza única que tiene el país. Es su futuro el que estarán defendiendo y la vida la que estarán preservando.